Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

domingo, 8 de febrero de 2015

La princesa que no sabia reir .1091

Había na vez un rey que tenía una hija que no se reiba nunca. Era muy terca y nu había quen la pudiera hacer ni siquiera sonreírse, no le conocía el mundo una sonrisa en su cara.
El Rey, entonce, echó un bando, que quén la hiciera reir a la Princesa, se casaba con ella.
Había una señora que tenía un hijo zonzo, y cuando éste se enteró dijo que él la iba hacer reir a la Princesa. La madre le decía que no, que no vaya, que el Rey le iba hacer cortar la cabeza; pero éste porfió y porfió y se jue no más.
Cuando va en el camino, este mozo, ve un muchacho con unos ratoncitos, unos pericotes, tirandolós para arriba para matarlos, y entonces le dice:
-Demenlós, no los maten, ¿quere?
Se los dio el muchacho y él los llevó con él a los ratoncitos. Entonce piensa que con esos animalitos puede hacer algo pa divertir a la Princesa. Con un pedacito 'e cuero que encontró, fabricó unas petaquitas. Va y le pide a una niña que le dé cabeo, enriedo de pelo, un mechoncito, cualisquer cosa. Hace del cabeo riendas, bozal, cabresto, cincha. Con una varillita de totora hace un aparejo, como una monturita. El cabresto lu hace larguito como pa poder llevar a los ratoncitos; los arregló a los bichitos con los arneses, con el aparejo y las petaquitas. Entonce los empezó a ensayar a los bichitos a hacer pruebas. Estos bichitos eran muy inteligentes y hacían unas pruebas muy graciosas, capaz de hacer rir al más serio.
A la hora vencida, él se presentó en el palacio. Había muchos jóvenes que iban a hacer reír a la Princesa. La Princesa 'taba en el balcón. Áhi pasaban los pretendientes, hacían monadas, pruebas, hacían piruetas y bailes, decían chistes... y nada, la Princesa no se réiba por nada. Al último de todos venía el zonzo con los ratoncitos cargados, y todos miraban con curiosidá esto.
-¡Arria, vamos! ¡Apuren cargueros! -decía el zonzo.
Como los arneses eran de cabeo, no se veían que los manejaba. Ya llega frente de la Princesa con los cargueros. La Princesa tenía un perrito regalón y áhi 'taba con ella. Cuando el perrito los ha visto a los ratoncitos, pega un salto y da un torido ¿qué quere usté?, y los quere encarar. Y claro, los ratoncitos han queríu salir corriendo, y uno ha pegáu una costalada y el otro una espantada, y áhi han salíu perdiendo la carga, y a los saltos. Y entonces la Princesa que 'taba muy enojada de ver a este zonzo que se quería casar con ella, ha pegau una carcajada, y claro, todos han oído y si ha corrido la voz que el zonzo la ha hecho reir a la Princesa.
Güeno, palabra de Rey no puede faltar, y se tuvo que casar la Princesa con el zonzo. Ella no quería por nada casarse con el zonzo, pero queriendo y sin querer se tuvo que casar no más.
-Pero, aguantá no más -le decía el Rey.
-Yo no lo quero, yo no lo quero -decía la Princesa. Yo quero separarme, yo quero separarme.
La Princesa decía que no lo quería al zonzo, que ella quería un príncipe. Entonce el zonzo dijo que güeno, que la deja que se case con un príncipe. Entonce se prepara la separación, el divurcio, y se preparan las fiestas para el nuevo casamiento de la Princesa.
Mientras las bodas se 'tán haciendo, el zonzo se pasea por la ciudá y encuentra a unos muchachos que están jugando con un dormilón, que lo 'tán por matar, y les dice:
-No lo maten a ese animalito. Demelón, vendamelón, en cualisquera forma.
-No, mejor que lo matemos no más -le dicen.
-No, no lo maten -les dice y les da dos riales.
Los muchachos al fin le entregaron el dormilón y él se lo llevó. Él sigue y lo que va caminando encuentra otra gavía de muchachos jugando con una tatanga, que la 'taban matando. Entonce les dice:
-No la maten, muchachos, pobre animalito.
Les dio un rial y ellos le entregaron la tatanga. El mozo se va al palacio y oserva la boda.
Se van los novios al cuarto de ellos y el zonzo se escuende en un rincón con sus bichitos. Los bichitos ya 'taban enseñados pa hacer un güen trabajo. Si acostaron los novios y el dormilón si había puesto entre las almuhadas. Áhi no más se quedaron dormidos. Entonce jue la tatanga y se le entró al Príncipe por el upite y empezó a acarriar la suciedá di adentro y a poner toda la cama sucia. Al otro día cuando se despiertan 'taba todo sucio y con un olor terrible. Viene el Rey a saludarlos, y claro, 'taban muy callados y le contestaron muy fríamente.
A la segunda noche el Príncipe se puso un tarugo pa que no le pase nada. Otra vez el dormilón si acomodó entre las almuhadas y se quedaron dormidos profundamente. Áhi jue uno de los ratoncitos, le sacó el tarugo y la tatanga se le entró y le empezó a acarriar suciedá. Y ya ansuciaron la cama, el piso y todo lo qui había adentro.
Al otro día el Príncipe no sabía quí hacer. Se bañó, se limpiaba por todos lados, pero no se podía del olor. Vino el Rey a saludarlos, y claro, se dio cuenta que pasaba una cosa rara.
A la tercera noche el príncipe si ató bien con unos lazos el ocote. Se acostaron y como 'taba áhi el dormilón, se volvió a quedar dormido. Fue el otro ratoncito, el pericotito y le cortó los lazos y la tatanga volvió a entrar y empezó a acarriar suciedá. Y ya puso sucia la cama, el piso, los muebles y hasta el techo.
Al otro día cuando se despertaron era una suciedá y una jedentina que no se podía más. Entonces, cuando vino el Rey a saludarlos, la Princesa, muy enojada, le dijo que no lo quería más al Príncipe y que prefería al zonzo, que por lo menos era limpio.
Ya lo jueron a buscar y lo trajieron y se volvieron hacer los preparativos y se vuelven a casar. Y áhi vieron que este mozo no era zonzo, sino que si hacía no más el inocente. Y ya hicieron una gran fiesta. Los animalitos que lu habían ayudado se despidieron y se jueron muy contentos. Y áhi se quedaron en el fandango y yo me vine para acá.

Juana Salazar, 70 años. El Zapallar. Quines. San Luis, 1932.

Aprendió este cuento hace muchos años de un viejito de Río Quinto, Nicolás López, que era un gran narrador.

Cuento 1091. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini


0.015.1 anonimo (argentina) - 072

No hay comentarios:

Publicar un comentario