Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 4 de enero de 2015

La pareja silenciosa

Hubo una vez una pareja de recién casados. Vestidos aún con sus ropas de boda se pusieron cómodos en su nuevo hogar cuando, finalmente, hubo partido el último de sus invitados.
-Querido esposo -dijo la joven señora, vé y cierra la puerta de calle, que ha quedado abierta.
-¿Cerrarla yo? -dijo el novio. ¿Un novio en su traje espléndido, con unas ropas principescas y una daga llena de joyas? ¿Cómo podría esperarse que hiciera tal cosa? Debes de estar fuera de tus cabales. Vé y ciérrala tú misma.
-¿Ah, sí? -gritó la novia. ¿Esperas que yo sea tu esclava? ¿Una gentil y hermosa criatura como yo, que usa un vestido de la seda más fina, engalanada para mi día de bodas, vaya a cerrar la puerta que conduce a una calle pública? ¡Imposible!
Permanecieron ambos en silencio un rato, y la mujer sugirió que podrían solucionar el problema con una apuesta. Quien hablara primero, convinieron, sería el que cerrara la puerta.
Había dos sofas en la habitación y la pareja se sentó, cara a cara, uno en cada uno, mirándose en silencio.
Estuvieron así dos o tres horas, cuando una banda de ladrones pasó por allí y se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Los ladrones se deslizaron dentro de la silenciosa casa, que parecía desierta, y comenzaron a llevarse cuanto objeto de valor encontra-ban.
La pareja de novios los oyó entrar, pero cada uno pensó que era el otro quien debía atender el asunto. Ninguno de los dos habló ni se movió mientras los ladrones iban de un cuarto a otro, hasta que finalmente entraron en la sala y, al principio, no notaron a la sombría y estática pareja.
La pareja seguía sentada allí mientras los ladrones se llevaban todos los objetos de valor y enrollaban las alfombras bajo los pies de los esposos. Confundiendo al idiota y a su obstinada mujer con maniquíes de cera, les sacaron sus joyas personales y la pareja no dijo nada en absoluto.
Los ladrones se fueron y la novia y el novio permanecieron sentados toda la noche sin moverse.
Cuando se hizo de día, un policía, en su ronda, vio la puerta abierta y entró a la casa. Yendo de un lugar a otro, llegó finalmente hasta la pareja y les preguntó qué había pasado. Ni el hombre ni la mujer se dignaron contestar.
El policía buscó refuerzos y una multitud de defensores de la ley se volvieron más y más coléricos ante el silencio total que a ellos les parecía, obviamente, una afrenta calculada.
El oficial a cargo, por último, perdió el control y le ordenó a uno de sus hombres:
-Dale a ese hombre un golpe o dos a ver si le vuelve el sentido.
Ante esto, la mujer no pudo contenerse:
-Por favor, gentiles oficiales -lloró. No le golpeen; ¡es mi marido!
-¡Gané! -gritó el tonto inmediatamente. Por lo tanto, tú tienes que cerrar la puerta!


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