Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 1 de enero de 2015

La niña que no sabía hilar

Esto era una vez una vieja que no tenía más que una nietecita en el mundo. La había criado con tanto mimo que le había enseñado muy pocas cosas, sin pensar que algún día sería mayor y tendría que casarse. La niña sería poco más o menos de la edad del príncipe, y cuando la reina pensó que su hijo ya tenía que buscarse novia, mandó publicar un bando diciendo que aquella muchacha que fuera capaz de hilar en tres días todo el lino que llenaba una habitación que había en palacio, esa se casaría con el príncipe.
La vieja, que se enteró, fue corriendo a palacio y dijo que ella tenía una nieta muy guapa que era capaz de hacer aquello.
-¿Está usted segura?
-¿No he de estarlo, si se bebe las madejas como si fueran vasos de agua?
Así que mandaron a por la niña y la metieron en la habitación que estaba llena de lino. Cuando se vio allí encerrada, la niña se puso a llorar, porque ella no había hilado en su vida. No paraba de llorar, cuando se le presentaron tres hechiceras muy simpáticas que le dijeron:
-Vamos a ver, ¿qué es lo que te pasa?
-Pues nada, que tengo que hilar todo este lino y en mi vida he cogido una rueca -dijo, y se echó a llorar otra vez.
-¿Y por eso te apuras? Mira, vamos a hacer una cosa. Nosotras te ayudaremos a hacer este trabajito, pero con una condición.
-Sí, sí, lo que ustedes quieran -dijo la niña.
-Pues que nos tienes que invitar a la boda y sentarnos al lado del príncipe.
La niña aceptó muy contenta aquella condición, y en seguida las tres hechiceras se pusieron a hilar un hilo muy fino. Una le daba al huso, otra mojaba la hebra y la otra movía la manezuela. Y al mismo tiempo se cantaban y se alegraban comentando lo bien que lo iban a pasar en la boda, siendo la envidia de todo el mundo por estar junto al príncipe. Tan solo se callaban y se escondían entre las madejas de lino cuando le traían de comer a la niña. Pero salían de nuevo, y sin comer ni nada seguían hilando, venga a hilar, una con el huso, otra mojando la hebra y otra moviendo la manezuela. Pero tanto y tan rápidamente hilaron, que a la una se le gastó el brazo y se quedó manca, a la otra se le puso el labio gordo, gordísimo, que casi le llegaba al techo y a la otra se le hinchó tanto el pie, que le costó trabajo salir de la habitación.
Cuando ya pasaron los tres días, vino la reina a la habitación y vio todo el lino muy finamente hilado y dijo:
-Pues nada, te casas con mi hijo.
Llegó el día de la boda y la niña dijo que ella tenía que invitar a tres primas de su abuela, que eran un poco raras, pero que no tenía más remedio que invitarlas. Y que además tenía que sentarlas al otro lado del príncipe. Al pronto, la reina y el rey protestaron, diciendo que eso no podía ser, estando ellos y tantos cortesanos. Pero la niña insistió y el príncipe intervino diciendo que tenía que ser como ella decía.
Mandaron llamar entonces a las tres invitadas, y cuando entraron en el salón por poco le da una cosa al príncipe y a todos los que estaban allí. Venían las tres viejas, una manca, otra con el labio tan gordo que casi le llegaba al techo y, por último, la otra que venía cojeando con su pie todo hinchado y tropezándose con todos los invitados. Y se fueron derechitas a sentarse al lado del príncipe, que no salía de su asombro. Y el príncipe le preguntó a la primera:
-¿Cómo es que ha perdido usted un brazo?
-Hijo mío, de tanto darle al huso.
Y a la segunda:
-¿Y ese labio tan gordo?
-Hijo mío, de tanto mojar la hebra.
Y a la tercera:
-¿Y ese pie?
-Pues, hijo, de tanto mover la manezuela. Es que somos muy aficionadas a eso de hilar. Casi tanto como su linda esposa.
Al oír esto, el príncipe se asustó. Llamó a los criados y les dijo:
-Ahora mismo vais a la habitación de mi mujer. Cogéis la rueca, y la tiráis al pozo o la quemáis, ¡pero que yo no la vea nunca más!

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