Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 11 de enero de 2015

El devorador de la campiña

Había una vez un hombre muy rico llamado Angus que vivía en las cercanías del pueblo de Londonderry, en la gran isla esmeralda de Irlanda. Había criado cinco fuertes y maravillosos hijos, que con el paso del tiempo fueron creciendo, y cada uno marchó para hacer fortuna en diferentes lugares lejanos.
A los pocos meses de la partida del último de los muchachos, su esposa, la bella Kate, enfermó gravemente y no hubo nada ni nadie que la pudiera salvar. Las altas fiebres se prolongaron por un lapso de tres días, y cuando el sol se hundió en el horizonte del tercer día, falleció.
Después del velorio y del entierro apropiados Angus se quedó muy solo. Tenía ya sesenta años y había sido tan feliz con sus hijos y su esposa que ya no deseaba casarse nuevamente. La velocidad con la que los días pasaban comenzó a aminorar, mientras que la tristeza embargaba su corazón.
Un día se despertó, se vistió con desgano y luego salió al umbral de la puerta de su casa. Allí adelante se extendían sus tierras. Algunos animales pastaban y la cosecha crecía lentamente.
-Tengo que hacer algo -se dijo mientras miraba el horizonte.
Angus siempre había tenido suficiente dinero para alimentar a toda su familia, pero nunca había sido lo que se llama un "hombre rico".
Fue entonces cuando tomó la decisión:
-Haré fortuna -se dijo.
Y así, a los sesenta años, comenzó a trabajar tan fuerte y tan duro como cuando tenía veinte. Se levantaba antes del amanecer y cuando el sol ya se había ocultado él seguía trabajando hasta altas horas de la noche.
Con el paso de las estaciones las cosechas se multiplicaron y los pocos animales que tenía parecieron contagiarse de su entusiasmo por el trabajo y empezaron a parir muchas crías.
Al terminar el año, tenía tanto dinero y tanto trabajo, que ya no le quedaba tiempo ni para dormir.
Así pues, decidió contratar a más hombres para que lo ayudaran en su labor diaria, y se dedicó a criar una sola raza de animales, es decir, a especializarse.
Y eligió las ovejas.
Al año siguiente las ovejas de Angus se habían multiplicado casi como las estrellas que brillan en la noche y su fama comenzó a correr de boca en boca.
Las ovejas de Angus eran las más gordas, las que proporcionaban mejores lanas y las que tenían más cantidad de crías.
Cuando Angus cumplió los sesenta y tres años era un hombre adinerado. Su casa estaba equipada con todas las mejoras que existían en ese momento, y en ella se preparaban las mejores comidas, tanto para él como para sus hombres.
Pero llegó un día en que las cosas parecieron darse vuelta. No fue de repente, pues el mal, la mayoría de las veces, se acerca en forma sutil, solapada, como un susurro del viento, tratando de pasar desapercibido hasta instalarse profundamente como las raíces del roble.
Lo primero que sucedió fue la desaparición de una oveja.
Nadie le prestó la mayor importancia. No era algo habitual que sucediera pero no era algo excepcional, y Angus se conformó diciéndose que alguna vez tendría que sucederle.
Al día siguiente sus hombres le comunicaron la desaparición de otra, y Angus comenzó a mostrarse algo preocupado.
Pero cuando al tercer día consecutivo le dijeron de la desaparición de otra oveja más, la preocupación pasó a ocupar toda su atención.
Y fue allí, en ese momento, en que la semilla de la duda y la desconfianza comenzaron a germinar en la mente y en el alma del hombre. Entonces mandó a todos los trabajadores a que revisaran la zona, buscando alguna abertura en la cerca y verificando el terreno en busca de algún pozo.
La respuesta que él esperaba finalmente llegó a sus oídos: todo estaba en orden.
La cuarta noche Angus no pudo dormir. Algo le decía en su interior que las cosas no andaban bien. Una sensación inexplicable le atenazaba el alma.
Un poco antes del amanecer Angus salió a revisar su rebaño, y luego de contarlo tres veces se percató de que faltaba otra oveja. No había rastros ni huellas. Parecía como si el animal se hubiera esfumado.
Mandó a todos sus hombres a rastrear el terreno, buscando huellas o indicios de algún animal o algún ladrón. Cuando terminaron la búsqueda la respuesta fue rotundamente negativa.
Entonces, muy malhumorado, se dirigió a lo del boticario del lugar para que le prepara el veneno más potente que existiera. Regresó un poco antes del ocaso. Tomó al azar una de las ovejas de su rebaño y la mató. La colgó de las patas y puso un balde debajo para recoger toda la sangre. Cuando el proceso hubo terminado, embadurnó su interior con el veneno y luego la bañó con la sangre que se había derramado en el cubo.
Si se trataba de un animal, no podría evitar la tentación del olor y, por otra parte, si el veneno emanaba algún aroma, el olor de la sangre lo cubriría.
Esa noche se fue a dormir un poco más tranquilo, esperando que su plan diese resultado.
El cansancio y los nervios se juntaron y Angus se quedó profunda-mente dormido. A la mañana, unos golpes en la puerta lo desper-taron. Cuando se levantó y abrió, vio a uno de sus hombres que permanecía pálido y temeroso.
-¿Qué sucede?
-Lo siento mucho, señor, no sé cómo decírselo, pero hoy contamos el rebaño, todos lo contamos varias veces... y falta otra oveja. -¿Y el sebo?
-Aún permanece en el lugar, sigue clavado en la cerca, nadie lo ha tocado ni movido, salvo algunas moscas.
El viejo Angus meditó por algunos instantes y finalmente dijo:
-Prepárense, esta noche todos montarán guardia.
Y así continuó el día, trabajando con las faenas acostumbradas hasta la llegada la noche. Cada uno de los hombres se armó con cuchillos, piedras, hondas y pistolones.
Angus recorrió todo el perímetro saludando a cada uno de sus hombres e instándolos a permanecer despiertos y matar a quien se aproximara a la cerca.
Esa noche no pudo dormir tranquilo, otra vez tenía esa sensación extraña, algo le decía que había una presencia maligna merodeando en el lugar.
Un rato antes del amanecer no aguantó más y se vistió, se puso su sombrero y salió al exterior. Comenzó a caminar por su tierra verde y verificó que todos los hombres seguían en sus puestos. Sin embargo, cuando llegó el momento de contar el rebaño descubrió lo que tanto temía: faltaba otra oveja.
Entró furioso a su casa, su piel blanca se había tornado roja como la sangre y por primera vez le gritó a sus hombres para que se fueran a dormir.
-Esta noche yo haré la guardia.
Un rato antes del ocaso Angus salió armado con su escopeta y se sorprendió al encontrar a todos sus hombres en la puerta, esperán-dolo.
-No lo dejaremos solo, señor, lo ayudaremos a hacer guardia durante toda la noche.
El cielo estaba despejado, la luna brillaba plateada y ni una nube se cruzaba en su luz. Angus caminó de un puesto a otro sin dejar de mirar hacia el exterior.

Habían pasado algunas horas desde la medianoche, aún el cielo oscuro estaba plagado de estrellas y la luz del sol todavía no empezaba a asomarse cuando, de pronto, Angus tuvo una extraña sensación, la misma que había tenido la noche anterior: sentía una presencia, algo maligno que caminaba por sus tierras.
Corrió hacia el rebaño que permanecía en silencio. Contó las ovejas y, nuevamente, descubrió que faltaba una.
Angus abrió la boca, arrojó la cabeza hacia atrás y desató un terrible grito de furia. Todos sus hombres corrieron asustados hacia él y al ver el estado en que se encontraba se sintieron desorientados, no sabían cómo actuar, si acercarse o no hablarle.
Angus se dio cuenta del espectáculo que estaba haciendo y los mandó a todos a dormir.
Sean, uno de sus hombres de más confianza, se acercó lentamente, temeroso, y le dijo como en un susurro:
-Discúlpeme, señor, mi atrevimiento, pero quiero decirle algo que tal vez nos pueda ayudar.
-¡Habla!
-Lo que sucede en estas tierras no es algo normal, no creo que sea algo de este mundo lo que se está llevando sus ovejas. Muchos de nosotros creemos lo mismo. Por eso me atrevo a hacerle esta sugerencia.
-¿Y qué es lo que sugieres?
-Existe una mujer muy anciana, una mujer sabia, que tiene más de cien años y que vive a un cuarto de día de camino de aquí. Ella ha ayudado a mucha gente que ha tenido este tipo de problemas de causas inexplicables.
Angus miró al hombre con ojos brillantes:
-¿Crees que algún duende me está robando el ganado?
-No lo sé, señor, pero no hay huellas ni rastros y por más que pusimos cebos y montamos guardia, las ovejas siguen desapareciendo. Tal vez no pierda nada con verla y comentarle el problema.
Angus asintió, le puso una mano en el hombro a modo de agradecimiento y caminó hacia la caballeriza. Tomó su caballo, lo ciisilló y partió al galope hacia la casa de la anciana sabia.
La mujer vivía en una cabaña destartalada, parecía que en cualquier momento se iba a derrumbar. Angus se bajó del caballo, lo ató a un poste que antiguamente había pertenecido a una cerca, y cuando caminó hacia la puerta para llamar ésta se abrió y apareció una vieja que aparentaba mucho más de cien años.
-¿Eres la mujer sabia? -preguntó Angus deteniéndose al instante.
La vieja lo miró de arriba abajo y de abajo arriba y finalmente respondió:
-¿Estás preparado para la respuesta que voy a darte?
-¿Sabe cuál es la pregunta?
-Pasa, Angus, siéntate, yo te diré lo que tienes que hacer para matar al que te roba las ovejas.
Angus cerró la puerta y se volvió hacia la anciana, que le señaló una vieja silla de madera. El hombre descansó en ella todo el peso de su cuerpo y observó a la mujer envuelta en sus ropajes negros y rotosos.
La casa era pequeña y los pocos muebles consistían en mesas, arcones y aparadores. No había ninguna superficie libre, todo estaba lleno de frascos, plumas, figuras de barro y trenzas de soga.
El desgreñado cabello blanco de la vieja le cubría parte del rostro; sin embargo, sus ojos brillaban como dos luceros en la noche.
-Lo que mata a tus ovejas no es un hombre -dijo con voz lenta y trémula.
-Dígame cómo encontrarlo. ¿Cómo puede pasar la cerca? La vieja rió con carcajadas cortas y secas.
-Porque no viene a través de la cerca, viene a través del suelo.
-¿Del suelo? ¿Cómo del suelo?
La vieja inspiró profundamente y luego sopló todo el aire de pronto, como si estuviera hastiada de la conversación.
-Hay una zona de tu tierra, dentro del cerco, en la cual hay pasto. Si observas bien, verás que ninguna oveja se acerca a ese lugar. Ni siquiera defecan allí. Ésa es la puerta del devorador.
-¿Quién es? -preguntó Angus levantándose de la silla y acercando su rostro al de la anciana.
-La pregunta no es quién... ¡No es un hombre! -gritó de pronto. ¡Es un ogro! Es una criatura terrible que se alimenta de la carne cruda.
Angus volvió a sentarse sorprendido, su mente no podía aceptar tal respuesta.
La vieja levantó un poco el rostro y algunos cabellos despejaron su cara:
-Y debes matarlo, porque cuando acabe con tu rebaño, comenzará a comer personas.
La desesperación de Angus llevó a su mente a aceptar el hecho y entonces le preguntó:
-¿Cómo lo mato?
-Sólo hay una manera efectiva de matarlo: debes decapitarlo y quemar su cadáver.
Angus se puso de pie de pronto, le dejó algunas monedas sobre la mesa y se volvió hacia la puerta.
-¡Que los antiguos dioses te bendigan! -le dijo la vieja.
Angus saludó con la cabeza y partió.
Llegó a su casa y se encerró para pensar sobre lo que la vieja le había dicho. Cuando la noche se instaló, salió a recorrer el terreno armado con su escopeta y un hacha de mano. Algunos nubarrones negros cortaban la pálida luz de la luna y de las estrellas.
Finalmente encontró la zona del terreno que la vieja le había dicho. ¡Era cierto! El pasto crecía libremente como si nadie lo hubiera pisado nunca. Se alejó unos metros hasta llegar a una posición desde donde pudiera ver todo el lugar, y se acostó boca abajo.
Las horas pasaban y el frío del suelo le había endurecido el pecho. La mente de Angus dudaba y cuando estaba a punto de levantarse sintió un pequeño temblor. Se aferró a su arma de fuego y permaneció expectante.
Allí mismo frente a sus ojos sucedió algo que, si se lo hubieran contado, nunca lo habría creído. Primero la tierra tembló, luego se hundió como si abajo estuviera hueco y el pasto se sumergió. Y cuando un gran agujero negro se hubo formado, emergió una criatura horripilante pues su olor era nauseabundo y su abundante pelo negro estaba sucio. Medía más de dos metros y sus manos terminaban en garras, como las de un animal salvaje. Pero lo más extraño de todo era que tenía dos cabezas.
Angus primero se sorprendió, luego se asustó y finalmente se enojó. ¡Ésa era la bestia que le estaba matando las ovejas! Preparó la escopeta y disparó a la repugnante espalda de aquélla.
La bala no la mató. Todo lo contrario: pareció enfurecerla. La criatura se dio la vuelta y clavó sus terribles ojos rojos en Angus. Abrió sus dos bocas plagadas dee agudos colmillos y emitió un grito desgarrador.
Angus se puso de pie, dejó caer la escopeta -pues sabía que no tenía tiempo de recargarla- y se aprestó con su pequeña hacha.
El ogro se lanzó sobre el hombre y éste sobre la criatura bicéfala. Angus dio un golpe de hacha y seccionó una de las dos cabezas.
El ogro aulló con la cabeza que le quedaba y, con un golpe de garra, hirió gravemente a Angus en una pierna, haciéndolo caer. Pero desde el suelo, haciendo caso omiso del profundo dolor que sentía, volvió a blandir el hacha y le cercenó uno de los pies a la criatura, que perdió el equilibrio y cayó pesadamente.
La sangre que manaba de las heridas del ogro era negruzca y repugnante. Éste vio que su fin estaba próximo, de modo que comenzó a arrastrarse hacia el agujero mágico por el que había salido.
Angus sabía que si lo dejaba escapar, algún día regresaría a cobrar venganza; por lo tanto, arrastrándose e ignorando el terrible dolor que sentía en la pierna desgarrada, hundió los dedos en la tierra humedecida por el rocío nocturno y comenzó a perseguir a al ogro, que ya se estaba metiendo en el agujero.
El extraño ser se volvió y vio que Angus lo estaba persiguiendo. El agujero comenzó a llenarse. Angus tomó más impulso y metiéndose de cabeza arrojó un golpe de hacha y seccionó la segunda cabeza del ogro justo cuando el agujero se cerraba.
Algunos peones, aquellos de más confianza, habían escuchado el ruido de los disparos y los extraños gritos; corrieron hacia el lugar y grande fue la sorpresa cuando vieron que las piernas del viejo Angus sobresalían de la tierra como si alguien lo hubiera enterrado cabeza abajo.
Pronto se agacharon y comenzaron a cavar alrededor, hasta que por fin lo pudieron sacar. El pobre hombre había perdido mucha sangre y estaba casi asfixiado. Cuando lo sacaron tenía la piel del rostro de color azul y estaba inconsciente.
Dos días más tarde despertó, presa de una fiebre muy alta. Inmediata-mente contó lo que había sucedido; pero nadie le creía, ya que se lo atribuían a su estado febril.
-Quédese tranquilo, señor, pronto se repondrá. Se hizo una herida muy fea en la pierna y se infectó. Esperemos que mañana mejore -le dijo su peón de mayor confianza.
De pronto, este peón recordó a la vieja que le había recomendado a su patrón. Tomó un caballo y fue a toda la velocidad que pudo hasta la casa de ella. Allí, le contó lo que sucedía. De inmediato, la vieja le dio un preparado para que él mismo le frotase en la herida. El hombre regresó lo más rápido posible, le aplicó el ungüento y pronto Angus se recuperó.
Y nunca más alguien se atrevió a robarle.

Cuentos de ogros


0.124.1 anonimo (irlanda) - 078

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