Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 31 de diciembre de 2014

La extraña fiesta en el pantano

William Noy, un joven granjero que vivía cerca del pantano, fue una noche a comprar bebida para la Fiesta de la Cosecha. Varios vecinos lo vieron salir de la taberna, pero nunca llegó a su casa. Hacía ya tres días que lo buscaban, cuando escucharon ladridos y relinchos que parecían venir de la zona más peligrosa del pantano. Acercándose con cuidado, encontraron al caballo del granjero atado a un arbusto. Allí estaba también su perro. El caballo se había alimentado de los ricos pastos que tenía a su alrededor, pero el perro estaba muy flaco. Los animales los guiaron hasta una especie de establo en ruinas donde encontraron a William tirado en el suelo, profundamente dormido. Se despertó confuso y atontado, pero poco a poco consiguió recobrarse lo suficiente como para relatar lo que le había pasado.
Tres días atrás, al salir de la taberna, decidió volver a su casa por un atajo a través del pantano. La noche era muy oscura, y se perdió. Después de dar muchas vueltas por lugares que le parecían extraños y desconocidos, vio luces y oyó música a lo lejos. Pensó, con alivio, que era una granja vecina donde estaban ya celebrando la Fiesta de la Cosecha y se apresuró en esa dirección. Sin embargo, el caballo se negaba a avanzar, y el perro no hacía más que ladrar con deses-peración. Ató el caballo a un arbusto y siguió a pie. Atravesó un huerto y vio una hermosa casa. Cientos de invitados, vestidos con elegancia, se divertían en el jardín, comiendo, bebiendo y bailando. Le llamó la atención su tamaño: eran muy pequeños, y las mesas, las sillas, las tazas y los platos parecían de juguete.
Cerca de él había una chica más alta que los demás, tocando una pandereta. Pronto los que parecían sus amos le pidieron que dejara de tocar y fuera a buscar más cerveza. William Noy hubiera querido participar en la fiesta, pero la muchacha lo vio y le hizo señas de que retrocediera en silencio.
Enseguida se reunió con él en el huerto. Lejos del brillo de las antorchas, a la luz de las estrellas, Noy reconoció a su novia Grace, que había muerto hacía ya cuatro años.
-¡Gracias al cielo que te vi a tiempo y pude detenerte, mi querido Will! -dijo Grace. O te hubieras convertido en uno de ellos, como me pasó a mí.
William quería besarla, pero ella le rogó que no la tocara, y que no bebiera ni comiera absolutamente nada si quería volver al mundo de los humanos.
-Por tentarme con una ciruela en este huerto encantado estoy aquí. Todos creen que me encontraron muerta en el pantano, pero lo que enterraron en mi lugar fue solo una copia de mi cuerpo hecha por las hadas.
En ese momento la interrumpieron las voces de la gente pequeña.
-Eh, Grace, trae más sidra y cerveza, ¡te estamos esperando!
-Yo también quiero sidra -dijo William Noy.
-¡Por nada del mundo te la traería! Por tu vida, no toques ni siquiera una flor.
Grace sirvió a los invitados y volvió tan rápido como pudo para seguir relatando su historia. Una tarde, cerca de la puesta del sol, estaba buscando una oveja perdida en el pantano cuando escuchó a William Noy llamando a su perros. Quiso correr hacia él tomando un atajo y de pronto se encontró perdida en un sitio donde la maleza crecía por encima de su cabeza. Vagó durante horas hasta que, medio muerta de hambre y sed, llegó al huerto encantado. Arrancó de un árbol una deliciosa ciruela, pero cuando la empezó a comer, se le derritió en la boca convertida en un líquido amargo. Grace cayó al suelo desmayada. Al despertar, se encontró rodeada por una multitud de gente pequeña, los habitantes del reino de las hadas, que se reían y se alegraban de haber atrapado a una linda chica para que cocinara, los sirviera y cuidara a sus bebés, que durante un tiempo después de nacer eran mortales.
-No piensan como nosotros, ni tienen sentimientos -le explicó Grace a William. Todos fueron seres humanos alguna vez, pero hace ya miles de años que aquello terminó, y apenas les queda un vago recuerdo.
Noy quiso saber si nacían muchos bebés-hadas.
-Muy pocos -dijo ella. Cuando nace alguno, lo reciben con gran alegría, y todos los varones están orgullosos de que los consideren el padre. La gente pequeña es adoradora de las estrellas, no viven con una sola pareja toda la vida como los cristianos y las tórtolas. Considerando su larga existencia, tanta fidelidad sería demasiado aburrida.
También le dijo Grace que ahora estaba un poco más contenta con su situación, porque podía convertirse en pájaro y volar a su alrededor en cualquier momento. Pero para Noy eso era poco consuelo. Pensó que podrían escapar los dos y lo primero que se le ocurrió fue sacar sus gruesos y pesados guantes de trabajo, los dio la vuelta de adentro hacia afuera y los arrojó con fuerza en medio de la fiesta.
Inmediatamente todo desapareció, Grace incluida. Y se encontró
solo, parado en medio del establo en ruinas. Sintió que algo lo golpeaba violentamente en la cabeza y cayó a tierra. Unos días después lo encontrarían allí sus vecinos, profundamente dormido.
Como muchos otros visitantes del País de las Hadas, el granjero William Noy se consumió y perdió todo interés por la vida después de su aventura.

0.039.1 anonimo (inglaterra) - 059

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