Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 24 de octubre de 2014

El tigre que hacia de celestina

Dhzan-Fu era el único leñador que vivía de su oficio. Mientras los otros hombres del lugar poseían ganados y tierras, Dhzan-Fu se ganaba la vida cortando leña y vendiéndola después a buen precio. Su madre vestía túnicas de seda y usaba pulseras de jade. Pero, con el tiempo, los árboles de la aldea fueron haciéndose más escasos y los ingresos de Dhzan-Fu menos numerosos.
Un día decidió marcharse hacia el norte. Se lo comunicó a su madre y la mujer se echó a llorar.
-Sólo estaré fuera tres días -la tranquilizó el joven leñador. Las montañas no están muy lejos y en ellas crecen árboles milenarios.
La mujer miró en la dirección de las altas cumbres y, en efecto, no le parecieron tan lejanas. Dhzan-Fu partió con su hacha y las ricas viandas que su madre le había preparado.
Durante dos días cortó árboles enormes que un rayo difícilmente hubiese podido derribar. Pero el árbol más grande lo echó por tierra al amanecer del tercer día; un coloso de más de mil kilos, que él transformó en seguida en astillas. Su esfuerzo fue tan grande que, en cuanto terminó, se dejó caer al lado de la madera.
Entonces descubrió la presencia de un tigre. Era un animal descomunal, con la piel completamente blanca. Estaba tan cerca que Dhzan-Fu no pudo echar mano de su hacha para defenderse.
-Espíritu de mi padre -suplicó, aterrorizado, el joven, líbrame de esta fiera.
El tigre no se movió del sitio. Continuó mirándole con ojos tristes. Entonces Dhzan-Fu comprendió que no quería atacarle.
-¿Qué te pasa? ¿Te ocurre algo? -preguntó, más animado.
El tigre movió la cabeza afirmativamente y extendió su pata izquierda.
-¿Estás herido en esa pata? -volvió a preguntar Dhzan-Fu, recuperado ya del todo.
La bestia repitió su movimiento de cabeza.
-Está bien. Acércate. Déjame mirarte esa herida.
Como había supuesto, el tigre llevaba clavada una espina. Dhzan-Fu se la arrancó con enorme cuidado. El tigre lanzó un alarido y comenzó a lamerse una pata. El dolor había desaparecido de sus ojos.
Cuando Dhzan-Fu contó a su madre lo ocurrido se puso muy contenta, porque atribuyó todo a la protección de su esposo muerto.
-¡El tigre no quería atacarme! -volvió a explicar Dhzan-Fu, pero no insistió por no desilusionar a la vieja.
Poco a poco se fueron olvidando ambos del incidente del tigre. Pero un día por la mañana temprano, cuando Dhzan-Fu se disponía a salir a cortar leña, encontró un ciervo muerto a la puerta de su casa.
-¡Qué suerte que haya venido a agonizar a nuestra puerta! -exclamó, alborozada, la madre. Tendremos carne por lo menos para una semana.
-Es raro que este ciervo haya logrado llegar hasta aquí -dijo Dhzan-Fu, al tiempo que examinaba unos profundos desgarrones en la piel del animal. Normalmente los tigres no dejan escapar tan fácilmente a sus presas.
-Te lo acabo de decir -le sacó de dudas su madre: Todo es cuestión de suerte. ¿Para qué devanarse los sesos inútilmente?
Pero en los días siguientes volvieron a aparecer en su puerta muchos animales muertos y ya no mentaron más a la suerte. Sabían que todo era obra del tigre blanco.
-Es increíble que un animal exprese así su agradecimiento -comentó la madre.
-¿Acaso no lo es que un tigre pida ayuda a un hombre? Y, sin embargo, eso es lo que ocurrió en las montañas del norte. ¿Te acuerdas?
-De todas formas -volvió a decir la madre, también nosotros estamos obligados a ser agradecidos, hijo.
Dhzan-Fu decidió, pues, encontrarse de nuevo con la bestia. Aquella noche no durmió. Estuvo totalmente pendiente de la puerta. Pero, al romper la aurora, le venció el sueño y no pudo darle las gracias al tigre blanco. Apesadumbrado, abrió la puerta y, ¡oh, sorpresa!, en vez de la caza de todos los días, encontró una doncella desmayada. Era bellísima, y en su ropa se veían claramente marcadas las huellas de una zarpa.
-Es natural que haya perdido el sentido -dijo, comprensiva, la madre. A cualquiera le ocurriría lo mismo de encontrarse con una fiera.
-¿Te has fijado? -preguntó Dhzan-Fu. ¡Sus vestidos son tan finos que sólo pueden pertenecer a una princesa! -su madre asintió. Princesa o no princesa -continuó diciendo, un buen vaso de vino de arroz la reanimará. Estoy seguro.
Fuera se oyó una gran algarabía y Dhzan-Fu miró por la ventana. Incomprensiblemente, un grupo de soldados había rodeado la casa.
-iRendíos al punto! -gritó una voz ronca. ¡Sabemos que tenéis ahí encerrada a la hija del rey! ¡Si le hacéis el menor daño, lo pagaréis con vuestras vidas!
Los soldados se quedaron extrañados cuando vieron aparecer a Dhzan-Fu.
-¿En dónde tienes guardado al tigre? -preguntaron, después de cargarle de cadenas.
-¿Al tigre? -el joven leñador no salía de su asombro.
-Sí. Esa bestia blanca que raptó a la princesa de su palacio y la ha traído en sus fauces hasta aquí.
Los soldados registraron la casa, pero no encontraron el menor rastro de él.
-No cabe la menor duda -concluyó el aguerrido capitán que los conducía. Sólo tú puedes ser esa bestia blanca. Por eso tu piel carece de las rayas negras que tienen todos los tigres.
Dhzan-Fu lo negó rotundamente. pero nadie le creyó. En la capital del reino las gentes hacían cola para verle. Le habían encerrado en una jaula de plata, que después colocaron en el centro del mercado más importante.
-No parece tan fiero -decían algunos, pero, desde luego es mejor no acercarse a él. Con estas fieras nunca se sabe.
Otros le tiraban irrespetuosamente de los bigotes y después comentaban:
-¡Qué magia más poderosa poseen estas bestias! Sus bigotes son tan suaves como los de un hombre cualquiera -y volvían a repetir la operación.
Dhzan-Fu contó una y mil veces lo que le había ocurrido, pero no fue suficiente para determinar su inocencia. El juez le condenó a la horca.
-... Por tu temeridad al entrar en el palacio del rey y llevarte por la fuerza a su hija -leyó el alguacil ante la jaula de plata.
A toda la ciudad le pareció justa semejante decisión. Sólo la princesa se entristeció, porque se había enamorado de Dhzan-Fu. No le importaba que fuera un tigre o que poseyera toda la magia del mundo. Además, ella creía firmemente en su inocencia.
-¿Cómo podéis pensar una cosa así después del daño que os ha hecho ese monstruo? -le reprochaban los eunucos. Deberíais alegraros de que, por fin, se haya hecho justicia.
-Yo sé que es verdad cuanto dice -replicaba la princesa.
¿No habéis visto sus ojos? Son claros como el lago Re-Üe. En ellos no hay lugar para la mentira.
-Si es así -le respondían con burla, no tenéis por qué preocuparos. El tigre del que habla volverá a salvarle.
Pero la princesa no creía en ese milagro y se pasaba los días llorando desconsoladamente.
-¡Qué triste es ser princesa! -se quejaba a los sauces de su jardín. ¡Vivir en la misma casa del rey y no poder perdonarle la vida a aquel a quien se ama!
El día del ajusticiamiento apareció gris. Un enorme gentío se congregó en la plaza donde habían levantado la horca. No querían perderse el espectáculo, porque habían oído decir que cuando un hombre tigre muere su corazón expulsa un gran diamante.
A las doce del mediodía el rey se asomó a la ventana de su palacio y gritó:
-¡Proseguid! ¡Que el cielo sea testigo de nuestra justicia!
Entonces se oyó un rugido terrible. De todas partes comenzaron a aparecer tigres. Los capitaneaba un animal sin rayas, completamente blanco; el mismo que había raptado a la princesa. Las fieras confluyeron en la plaza y dominaron a los soldados.
-¡Ese hombre decía la verdad! -proclamó el rey, asombrado. ¿Cómo hemos podido estar tan ciegos? ¡Que le pongan en libertad inmediatamente!
Agradecido, Dhzan-Fu abrazó al tigre blanco y toda la ciudad lloró emocionada.
-Si un hombre demuestra tal ternura por una fiera, ¿qué no hará por sus semejantes? -se preguntó el rey, y le ofreció ser su sucesor, casándole con su hija.
La princesa se opuso a que el tigre blanco abandonara la ciudad. dad. La bestia aceptó y ése fue su regalo de bodas.
-¿Por qué le has pedido eso? -le preguntó Dhzan-Fu. ¿No sabes que a los tigres les gusta la libertad y los espacios amplios?
La princesa sonrió y sus dientes brillaron como reflejos de sol sobre el agua.
-¿Tan pronto lo has olvidado? Le debemos nuestra felicidad. Fue él quien nos presentó.
Y a partir de entonces acudían al tigre blanco cuantos querían casarse. El animal daba su conformidad o expresaba su rechazo con movimientos de cabeza.
-¿Por qué no íbamos a fiarnos de él? -preguntaban muchos novios. ¿No es, acaso, ciego el amor?

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