Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 22 de octubre de 2014

El cuento de la luna

El Emperador del Cielo estaba furioso. Hou-I, el arquero celeste, había desobedecido sus órdenes. En vez de asustar a los diez soles, como le había mandado, derribó con sus flechas a nueve de ellos.
-¡Es el colmo! ¡Jamás se me había insubordinado nadie! -decía, fuera de sí. ¡Le daré un castigo ejemplar!
-No podréis destruirle -afirmaron sus consejeros. El arquero Hou-I es inmortal.
-Pues le despojaré de su carácter divino. Así aprenderá a acatar todas mis órdenes.
De esta forma, Hou-I y su esposa Chang-Er tuvieron que abandonar el cielo.
Cuando llegaron a la tierra, los hombres los recibieron con los brazos abiertos.
-¡Viva nuestro héroe! -gritaban, enardecidos. Gracias a él podemos habitar esta tierra. Nadie hubiera podido soportar el calor de diez soles juntos.
-¿De qué me ha servido salvaros de la muerte? -preguntó Hou-I, amargado. Ya veis. Por vosotros he dejado de ser un dios.
-No te apenes -le respondieron los hombres en seguida. Nosotros somos débiles, pero sabemos ser agradecidos.
Y le nombraron emperador de todo el mundo.
Hou-I y Chang-Er se instalaron en un palacio en el oriente de la tierra. Todas las riquezas y placeres se encerraban entre sus muros. Pero Hou-I no estaba satisfecho. Cada vez exigía más de sus súbditos.
-¿Pero es que todavía no sabéis que yo amo el color verde? -les decía, airado. ¿Por qué no me traéis, entonces, más esmeraldas?
-Hacemos cuando podemos por complaceros, pero debéis ser paciente. Todo lleva su tiempo.
-¿Tiempo? ¿Acaso pensé yo en el tiempo cuando os salvé de los diez soles? ¡Haced vosotros lo mismo!
Los hombres se sentían esclavos suyos, pero nadie se atrevía a contradecirle. Sólo Chang-Er, por las noches, le hacía ver lo equivocado de su conducta.
-Los hombres tiene que comer -le decía. ¿Acaso piensas que los dioses del campo son generosos? Estás equivocado. Guardan sus frutos con tanto celo que, más bien, parecen avaros.
-iAllá ellos! -respondía Hou-I. Yo soy su emperador y me deben vasallaje.
-¡Has cambiado tanto, esposo mío! -respondía Chang-Er con lágrimas en los ojos-. Cuando sólo eras el mejor arquero celeste, tus ojos eran dulces, porque no conocías el orgullo.
Hou-I se fue acostumbrando poco a poco a la pobreza humana. Así, a los diez mil años de haber sido despojado de su categoría de dios, empezó a estar cada vez más triste.
-CQué es lo que te pasa? -le preguntó la dulce Chang-Er.
-¿No lo ves tú misma? -respondió Hou-I. El tiempo pasa y yo estoy cada vez más viejo. Me aterra la idea de morir.
-Esa es la única ventaja que tiene ser hombre. ¿Por qué no aceptas tu suerte? -le aconsejó Chang-Er. Te sentirás mucho mejor.
Un ministro le oyó y dijo a Hou-I:
-Las mujeres todo lo arreglan con la paciencia. No la hagáis caso, mi señor. He oído decir que existe una planta de la inmortalidad.
-¿En dónde crece esa planta? -preguntó al punto Hou-I.
-Ese es el problema, mi señor -respondió el ministro. Nadie lo sabe.
Entonces Hou-l ordenó a los hombres que le buscaran la planta de la inmortalidad. No les dejaba trabajar. Todos tenían que ir a los bosques a buscarla. El hambre se extendió, pues, por toda la tierra.
-Debéis hacer algo -dijo la dulce Chang-Er al más sabio de los hombres. A mí no me hace caso porque soy mujer.
-Está bien -respondió el anciano. Iré a ver a Hou-I y le diré dónde crece esa planta.
Al principio Hou-I no quería recibirle, porque despreciaba a los ancianos. Por fin, le permitió entrar en su palacio.
-¿Qué es lo que quieres de mí? -le preguntó, irritado.
-Yo conozco el secreto de la inmortalidad y vengo a revelártelo -respondió el anciano.
-¿Cómo es posible? Sólo eres un viejo. Estoy seguro de que no sabes ni tensar el arco.
-¿Qué importa? Yo no soy ningún héroe. Si quieres ser inmortal, vete al norte y busca la cueva de Wang-Mu-Niang-Niang. Ella te dará lo que buscas.
Hou-I tomó su arco y partió hacia las tierras del norte. Los peligros eran muchos, pero él era un héroe y los venció todos con su astucia. Ni siquiera una vez hizo uso de su arco. Por fin, una noche llegó a la cueva de Wang-Mu-Niang-Niang.
-¿Qué es lo que vienes a buscar aquí? -le preguntó, malhumorada.
-Yo soy Hou-I, el arquero celeste que derribó nueve soles. Después añadió:
-El emperador del cielo me castigó transformándome en hombre y ahora tengo miedo a la muerte. Me han dicho que tú conoces el secreto de la inmortalidad.
-¿Y cómo sé yo que eres quien dices? -volvió a preguntar Wang-Mu-Niang-Niang. No puedo ofrecer la inmortalidad a todo el que venga a pedírmela.
Hou-I salió de la cueva. En el cielo revoloteaban trescientas águilas. Tomó su arco y las trescientas cayeron a tierra.
-Sí, es verdad -admitió Wang-Mu-Niang-Niang. Eres quien dices. Yo te conocía, pero quería saber si eras digno de la inmortalidad.
Entonces sacó una calabaza hueca. Era tan pequeña que apenas podrían caber en ella cien gotas de agua. Contenía dos bolitas rojas. Wang-Mu-Niang-Niang se las entregó a Hou-I, diciendo:
-El día decimoquinto del octavo mes, cuando la luna es más grande que el deseo de riquezas de un hombre, tómate una de estas bolitas. La otra es para tu esposa.
-¿Así me convertiré en inmortal? -preguntó Hou-I.
Wang-Mu-Niang-Niang le miró con desprecio. Después añadió:
-Eres tan desconfiado como un hombre. ¡Lástima que un héroe como tú haya caído tan bajo! Recuérdalo: el día decimoquinto del octavo mes a las doce de la noche.
Hou-I partió inmediatamente hacia su palacio. Durante su ausencia se hizo cargo del gobierno la dulce Chang-Er. Todas las noches abría la ventana de su habitación y se quedaba mirando la luna.
«¡Qué hermosa es! -pensaba, entristecida. Desde aquí abajo no se puede apreciar su belleza. Cuando habitaba en el cielo era distinto.»
A los veinte años de su partida regresó, por fin, Hou-I Venía rendido. Chang-Er no pudo mirar más a la luna.
-Dentro de dos días es el decimoquinto del mes octavo -anunció Hou-I-. A las doce de la noche tomaremos estas dos bolitas y nos haremos inmortales.
Chang-Er le miró con tristeza. A ella no le daba miedo la muerte. Además, se dijo:
-Hou-l se ha convertido en un tirano. Si se hace inmortal, terminará esclavizando a todos los hombres. ¡Y pensar que fue él el que les salvó un día de los diez soles!
Afligida, acudió al hombre más sabio.
-¿Por qué te preocupaste de eso? -le preguntó. Haz uso de tu imaginación. El alcohol es un gran creador de sueños. Y Chang-Er sonrió, agradecida.
La noche del día decimoquinto del octavo mes la dulce
Chang-Er preparó un gran banquete a su esposo.
-¿A qué se debe esto? -preguntó, complacido, Hou-I.
-¿No es ésta la noche señalada para hacernos inmortales? -preguntó la dulce Chang-Er. Celebrémoslo comiendo y bebiendo.
El alcohol corrió como las aguas. Cerca de la media noche Hou-l se emborrachó y cayó en un profundo sopor. Entonces la dulce Chang-Er buscó entre sus ropas la calabaza con las dos bolitas. En seguida las encontró.
-Las tiraré al estanque -se dijo.
Pero, al darse la vuelta, tropezó con un candelabro y Hou-I se despertó. Eran exactamente las doce de la noche.
-¿Qué es lo que haces con mi calabaza? -preguntó, alarmado, el arquero.
-Nada -se disculpó la dulce Chang-Er.
Y, para que no viera que había cogido las dos bolitas, se las metió en la boca y se las tragó. Inmediatamente sintió un calor muy fuerte en el estómago y comenzó a flotar en el aire.
-¡Maldita mujer! -exclamó Hou-I, al darse cuenta de lo ocurrido. ¿Por qué eres tan egoísta, cuando yo pensaba compartir contigo la inmortalidad?
Cogió su arco, pero, como hacía mucho tiempo que no practicaba, no acertó a su esposa con ninguna flecha. Chang-Er flotó más allá de las nubes. Se elevó por encima de las montañas y llegó a la luna.
El Emperador del Cielo le dijo entonces:
-Jamás saldrás de ella, porque la inmortalidad es atributo de los dioses y tú sólo eres una mujer.
Y desde entonces ha permanecido allí. Si os fijáis bien, podréis verla pasear por la luna. Especialmente la noche del decimoquinto día del mes octavo, cuando es más hermosa y grande que nunca.

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