Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 8 de diciembre de 2013

La zorra, la palomita y el chuschín .21

Dicen que antiguamente los animales tenían nombre como los cristianos. La zorra se llamaba Juana y la paloma se llamaba Petrona. Era una paloma torcaza.
Era el caso que doña Juana iba por un camino con mucho hambre. Que tenía la lengua pegada al paladar, y las verijas sumidas, y que la panza le silbaba de hambre. Que lo que caminaba, el viento le hacía hacer ruido: ¡Fita!... ¡Fita!... y la zorra se daba vuelta y decía:
-¿Quién me llama?
La zorra desesperada porque no hallaba qué comer, iba y venía por el campo. En eso divisó una paloma torcaza que estaba dando de comer a sus pichones, y inventó una mentira. Se allegó y le dijo:
-¿Cómo le va, doña Petrona?
-Y a usté, ¿cómo le va yendo, Juana?
La paloma le contestaba de miedo a la zorra, y la zorra le dice:
-Pero, a mí me va muy mal, porque ya me muero de hambre, y como usté es tan buena me va a tirar uno de sus pichoncitos para pasarlo mejor, y si no me tira uno, yo voy a subir y la voy a comer a usté y a todos sus hijitos.
La paloma se puso a llorar, pero como era inocente, creyó que la zorra puede subir a los árboles y para que no los comiera a todos le tiró un pichoncito. La zorra, hambrienta como estaba, se lo comió con plumas y todo y se jue lamiendosé el hocico, muy contenta.
Doña Petrona quedó muy triste, llorando y llorando. En eso llegó a pasar por áhi el chuschín, que le llaman don Agustín. Iba cantando su cantito:

¿Sabís, sabís,
chingolito,
qu' hi visto a chuschín?
¡Pícaro, pícaro chuschín!

La vio llorando a la palomita y dejó de cantar, y le preguntó:
-¿Por qué llora, doña Petrona?
-¡Cómo no voy a llorar, si doña Juana vino y me dijo que si no le tiraba uno de mis hijitos iba a subir al árbol y me iba a comer a mí y a todos mis pichoncitos, y le tiré uno!... ¡Qué iba a hacer!...
Y don Agustín le dice:
-Pero, doña Petrona, ¡tan inocente!, ¡si la zorra no puede subir a los árboles! Le ha mentido. Es que ha visto su inocencia. Ahora va a venir a pedirle otro pichoncito. Usté no le dé nada, y digalé que es una mentira.
La aconsejó que la insulte, que le dijiera de todo y que le dijiera que subiera no más al árbol.
Y así pasó. Que volvió la zorra y le pidió a la palomita un pichoncito, y la amenazó que iba a subir para comerla con los hijitos, si no se lo tiraba. Y la palomita siguió los consejos del chuschín, y la insultó, y le dijo que subiera no más, que ya sabía ella que los zorros no pueden subir a los árboles.
Y la zorra comprendió que la habían aconsejado a la palomita, y que no podía ser otro que el chuschín, y le dijo:
-¡Ah!, ya sé que el que ha venido a aconsejar es el chuschín, don Agustín. No puede ser otro, con lo pícaro que es.
 Más vale que yo no lo encuentre revolcandosé a la orilla del mortero. ¡Me las va a pagar!
La palomita le dijo que sí, que era el chuschín, que era tan bueno.
Desde ese día la zorra empezó a buscar al chuschín, por todas partes, con la intriga de ver si lo encontraba. Y lo encontró un día, descuidado en un charquito.
Estaba mojado porque se había bañado, tomando agua, muy tranquilo, del charquito. La zorra, de un salto, lo agarró. Pero, no lo mató, lo tenía agarradito no más, disfrutando el gusto de haberse vengado y de que lo comería en seguida. El chuschín que se daba cuenta de todo, y que es tan pícaro, le comenzó a decir a la zorra:
-¡Oh!, ¡doña Juanita!, ¿cómo le va?, ¿qué anda haciendo por acá?
La zorra, que estaba muy enojada, no le decía nada. Y el chuschín, que ya se contaba muerto, le volvía a decir:
-Mire, doña Juanita, como usté es tan buena, llevemé no más así, despacito, en su hociquito tan lindo. Ya le voy a decir dónde puede encontrar unas presas muy lindas y gordas. Ya ve que yo soy tan chiquito y tan flaquito. Siga no más por la orilla de este camino.
La zorra, pensando que lo que el chuschín decía podía ser cierto, y que él era tan chiquito que no alcanzaba ni para un bocado, siguió al trotecito. En eso pasaron unos arrieros con unas cargas de queso en chiguas, y como vieron que la zorra iba apretando el hocico, que gritaron:
-¿Qué lleva, doña Juanita, que va tan pulida?
Y todos le preguntaban y se echaban a reír. Entonces el chuschín le dijo:
-Contestelés que ¡qué les importa!, para que no sean curiosos y metidos.
La zorra, para darles una mala contestación a los arrieros, les dijo:
-Y a ustedes, ¿qué les importa? -y abrió la boca, y el chuschín se disparó.
El chuschín se voló y se asentó en un árbol alto, y comenzó a cantar, haciendo burlas a la zorra que había sido tan zonza. La zorra siguió muy triste y muy enojada con la mala jugada que le había hecho el chuschín. Iba con mucho hambre. En el camino encontró una cáscara de queso y la agarró con los dientes. En eso encuentra al quirquincho, don Agapito, la ve y le dice:
-¿Qué lleva, comadre, entre los dientes?
Y la zorra, de miedo que se le volara también, apretando los dientes, le contestó muy débilmente:
-Un quisito.
Don Agapito, que sabía lo que le había pasado a doña Juana, se rió, y siguió al trotecito, como siempre anda él.
La zorra se comió la cáscara de queso del hambre que tenía y siguió muy enojada.

Y pasé por un caminito de polvo
para que usté me cuente otro.

Elvira A. de Videla, 55 años. Ciudad de San Juan. San Juan, 1945.

La narradora, nativa de San Juan, es semiculta. Posee un gran repertorio de cuentos.

Cuento 21. Fuente: Berta Elena Vidal de Battini

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