Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 21 de octubre de 2012

El rey y la mariposa

No había duda; era inútil forjarse ilusiones: ¡la reina se había extraviado!... Tampoco podía caber duda acerca de otra verdad, tan palpable y evidente como la anterior: ¡el rey estaba desesperado!...

El monarca envió un verdadero ejército de mensajeros a todas partes. Unos tomaron en dirección al norte, otros en dirección al sur; otros hacia el naciente, y otros hacia el poniente. Las tropas no dejaron un rincón de la tierra sin registrar, pero no descubrieron en parte alguna al menor rastro de la reina; y, como es natural, el semblante del rey se ponía cada vez más torvo y cejijunto. El espectáculo que ofrecía sentado junto a una ventana del palacio real paseando sus miradas por los jardines sin poder apartar de su conturbado pensamiento la imagen de la reina, perdida ¡ay! para siempre quizá, era como para hacer llorar hasta las piedras.
Buena era la reina, cariñosa y complaciente con su esposo, pero nunca había sabido apreciarla éste en todo su valor hasta que se vio privado de su compañía. Nada encontraba bien, le parecía triste todo cuanto le rodeaba, antipáticas e insoportables las personas, e intolerable su propia vida. Hasta el tiempo, sin duda por no ser menos, se había puesto malo desde la desaparición de la reina.
La víspera del día en que principia este cuento fue muy dura, como que ni por un momento dejó de caer el agua torrencialmente; llegó la mañana siguiente, y el cielo apareció cubierto de negros nubarrones, que sólo por breves instantes se entreabrían para dar paso a unos rayos de sol blancuzcos y mortecinos como la ciudad que iluminaban. un hilo de luz más brillante que fue a caer sobre la mano del rey lo obligó a alzar la vista, y el pobre alicaído se sintió un tanto animado al divisar una hermosa mariposa blanca que revoloteaba alegremente sobre las copas de lo árboles, que ya no enviaban, como antes, al cimbrar, arrullos y armonías, sino plañidos y lamentos.
La mariposa se aproximaba cada vez más a la ventana, y acabó por posarse sobre el alféizar, cerca, muy cerca de la cara del rey, sin dejar de mover airosamente sus pintadas alas.
Pretendió el rey alejar al insecto con un movimiento de su mano, pero la mariposa sólo alzaba el vuelo para volver con insistencia la mismo sitio. Ya principiaba el rey a pensar que ese animalito se propondría deliberadamente llamar su atención, cuando se abrió la puerta de la estancia para dar paso a un paje que anunció al chambelán.
Dio el rey media vuelta, alejándose de la ventana, pero la mariposa se quedó en el antepecho como si no quisiera perder una palabra de la conversación.
El chambelán puso en conocimiento del rey las nuevas traídas por los mensajeros que en busca de la reina habían salido. Todos confesaban su fracaso; pero un noble barón sostenía haber conseguido noticias importantes, que deseaba transmitir al rey en persona.
Mandó el monarca que lo introdujeran al punto, y el barón se explicó en la forma siguiente: "Cruzábamos, señor, el Bosque Temeroso, en cumpli-miento de las órdenes de Vuestra Majestad. El día llegaba a su ocas, y nuestras fueras al último límite de la resistencia, pues la jornada había sido fatigosa por demás. De pronto veo al borde del camino a un hombrecito. Era un paje diminuto, ricamente vestido y apoyado sobre descomunal espada. Nos contempló con mirada curiosa y sutil, y dijo:
"¿Qué buscas por aquí, valiente guerrero?
"---¡Atrás! ¡No sigas por este derrotero!
"El tono de impertinencia que el rapazuelo dio a sus palabras me dejó tan atónito como enojado; empero, por si podía obtener de él alguna noticia referente al asunto que a todos nos tiene abrumados de pena, procuré poner freno a mi cólera y le manifesté el objeto de nuestra expedición.
Cuando acabé de hablar, el pajecillo prorrumpió en carcajadas chillonas e irrespetuosas, que por poco hicieron estallar violentamente la indignación que en mi pecho ardía.
"¡Atrás! ¡atrás! ¡atrás! Es tu rey mismo quien debe buscar la reina en el abismo"
"Llevé la mano al pomo de la espada, resuelto a castigar al desvergonzado paje, cuando mi caballo, movido por causas que no acierto a comprender, dio un bote violentísimo, volvió grupas y partió como flecha despedida por el arco por el camino que habíamos recorrido. Todos los demás caballos del séquito, presas de pánico inexplicable, imitaron el ejemplo del mío. Mientras huíamos con una velocidad comparable a la del viento, iban persiguiéndonos las burlonas carcajadas del pajecillo. ¿Detener, sujetar a nuestros espantados caballos? ¡Imposible! Hasta que llegaron a tiro de piedra de Palacio, nuestros puños fueron impotentes para dominarlos"
Dejó de hablar el noble barón. Sus palabras sumieron al rey en profundas meditaciones. ¡No! A él no se le había ocurrido la idea de salir personal-mente en busca de la reina. ¿Cómo?... él era una monarca perezoso, holgazán y acostumbrado a que siempre se lo dieran todo hecho.-
Después de larga incertidumbre, pidió al barón detalles precisos sobre el sito en que el paje le había salido al paso, y una vez que supo eso lo despidió.
Cuando el rey se quedó solo se puso a pensar en las bondades de la rey, en lo feliz que había sido siempre al lado de ella, y en la desgracia en que su desaparición le había sumido; pero, por otra parte, pensó también que estaba por llover entonces, que tal vez le sorprendería el aguacero en un lugar donde no hubiera refugio alguno, que la lluvia le calaría las ropas y los huesos, y que, después de todo, el paje podía ser un impostor que quería reírse a sus costa.
La mariposa fue a posarse en aquel momento a su mano, reanudando sus singulares maniobras, y el rey se decidió al fin. Sí; seguiría al pintado insecto para ver lo que ocurría.
Sin detenerse a pensarlo más, saltó por la ventana al jardín, siguiendo a la mariposa, que había partido delante como para indicarle el camino. El rey atravesó el jardín en toda su extensión, y cuando al llegar al extremo, abrió la puerta, el animalito revoloteaba ya alegremente sobre el camino. Entonces no le cupo ni sombra de duda al rey; la intención del insecto era guiarlo a un lugar determinado.
Siguió, pues, con ánimo resuelto, pensando siempre en la reina y sintiéndose cada vez más alegre a la idea de que estaba haciendo algo por ella.
Transpuso anchurosos valles, dejó atrás altas montañas, cruzó ríos caudalosos, chapoteó en ciénagas y matorrales, aquí desgarradas las carnes por punzantes zarzas, allá heridos los pies por púas, acullá luchando con un torrente impetuoso, unas veces soportando terribles aguaceros, otros oyendo ensordecedor retumbo del trueno en cualquier parte mientras caía el agua a mares, pero el rey no siempre lograba esquivar la furia de los elementos. Sus vestiduras reales estaban mojadas y cubiertas de barro, sus pies sangraban, sus fuerzas físicas principiaban a resentirse de la fatiga, pero no decaían las energías de su corazón porque tenía la seguridad absoluta de que cada paso que daba le aproximaba más y más a su buena e idolatrada esposa.
Llegó al fin a la linde del Bosque Temeroso, y el valor del rey decayó no poco al ver que su alada guía, sin un instante de vacilación, se aventuraba por entre los pinos frondosos, negros, amenazadores. Vióse obligado a abrirse paso por entre gigantescos zarzales que entrelazaban sus ramas cual si quisieran oponerse a su avance. Sangraban sus pies, la piel de sus manos presentaba extensas desgarraduras, pero, haciendo acopio de valor, prosiguió la marcha hasta llegar a la horrible boca de una caverna espaciosa, obscura como la noche.
La mariposa revoloteó algunos momentos afuera, como para dar tiempo a que el rey recobrase su animosa decisión, y entró pausadamente por la tétrica abertura. Siguióla el rey, a cuyos oídos no tardó en llegar un bramido que por poco desarmó todo su valor. Un dragón inmenso, terrorífico, cuya cola inconmensurable estaba cubierta de ásperas escamas, le cerraba el paso... La mariposa seguía internándose en la caverna... ¿qué hacer? El rey desenvainó la espada y siguió. El dragón se agitó irritado y levantó su disforme cabeza. El rey gritó entonces con todas sus fuerzas:
"¡Mónstruo! ¿Qué has hecho de mi reina? ¡Devuélvemela!"
Muy bien sabía el rey que había sido el dragón quién se la había robado.
El monstruo contestó con un rugido que sólo podría compararse con un horrísono trueno; alzó el rey la espada, y fijando la vista en el sitio en torno del cual giraba la mariposa, asestó allí el golpe.
Oyóse un estruendo espantoso, ensordecedor, se tambalearon las paredes de la caverna amenazando venirse abajo, y todo hizo creer al rey que su última hora había llegado.
No ocurrió así, sin embargo; al contrario, se encontró fuera de la caverna, a la luz de un sol esplendoroso y junto a su querida esposa. A un paso de distancia, yacía sin vida el cuerpo del dragón formidable.
La reina le refirió que había sido convertida en mariposa por el malvado monstruo, y que sólo podía recobrar su forma anterior viniendo el rey en persona a buscarla y a matar al dragón.
Felices y rebosantes de júbilo, los monarcas regresaron a su palacio, donde fueron recibidos por sus súbditos con muestras de delirante regocijo.

999. Anonimo

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