Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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miércoles, 13 de junio de 2012

Historia de tang tseng el bonzo


El joven cheng a pesar de su juven­tud era un hombre tenido en gran es­tima por su inteligencia y sus virtudes; se había examinado poco ha en la capi­tal de Tsinanfu y había alcanzado el más alto galardón en sus exámenes. Cheng era muy apreciado en los altos medios de la capital y frecuentaba a los más altos personajes del Imperio. Así fue cómo Wen Kiao, la más hermo­sa doncella del país, hija del ministro Inkaichan, tuvo ocasión de ver a Cheng, y tan prendada quedó de él que enfer­mó de mal de amor; él ministro, que sentía un ciego cariño por su hija, hizo venir a los médicos más famosos de la región para que intentaran curar a su hija; todos estuvieron de acuerdo en afirmar que para aquella enferme­dad el mejor remedio era consentir en la boda de la doncella con Cheng el letrado. Inkaichan no se lo hizo decir dos veces, llamó al joven letrado y tras haberse enterado del gran amor que éste sentía tam-bién por Wen Kiao de­cidió concertar la boda para breve plazo.
La ceremonia revistió una extraor­dinaria brillantez. Los más altos digna­tarios del Imperio fueron invitados al gran banquete. Al cabo de pocos días, para colmar la dicha de los recién casa­dos, Cheng, por orden del celeste em­perador, fue nombrado gobernador de la provincia de Kiangsu.
Los jóvenes esposos decidieron em­prender la marcha casi inmediatamen­te. No eran muchos días los que tenía Cheng para posesionarse de su nue­vo cargo; ambos, de común acuerdo, de­cidieron ir antes a visitar a la anciana madre del letrado: pensaban rogarle que se dignara acompañarles a su nue­vo destino.
Tras haber conocido a su gentil nue­ra, la madre se mostró encantada de acompañarles.

Cheng, su madre y Wen Kiao habían emprendido ya el viaje hacia Hongt­cheou. Los tres se sentían completa­mente felices; esperaban llegar aquella misma noche a Hongtcheou.
El viaje había sido largo y pesado. La anciana señora se encon-traba muy fatigada, pero tenía la secreta esperan­za que tras una noche de sueño repa­rador conseguiría mejorar. Por desgra­cia no fue así. Al día siguiente la ma­dre del letrado tuvo que permanecer en cama y no pudo salir de la posada. Cheng y su esposa trataron de reani­marla diciéndole que aquello sería una dolencia pasajera, pero la buena seño­ra movía tristemente la cabeza y les aseguraba que no sería así. Se sentía muy mal y sabía que su enfermedad no sería cosa de pocos días. Cuando ha­bían transcurrido dos lunas le dijo a Cheng:
-Hijo mío, mucho te agradezco tus desvelos, pero tienes una misión que cumplir y debes posesionarte de tu car­go el día previsto; mañana mismo tie­nes que reanudar el viaje con tu espo­sa; a mí déjame aquí y cuando puedas ven a buscarme.
Cheng y su esposa sentían verda­dera pena de tener que dejar sola a la honorable anciana, pero ambos com­prendían que no podían hacer otra cosa.
Cheng había logrado contratar una embarcación para proseguir su viaje. El capitán del barco era un tal Liu, un hombre inteligente y perverso. Cheng no lo conocía de nada e ignoraba por tanto con qué clase de hombre acababa de ultimar un trato. Al volver hacia la posada, el letrado vio venir hacia él a un viejo pescador; llevaba una hermo­sa cesta de peces y una preciosa carpa en la mano.
-Buen hombre, ¿quieres venderme esta preciosa carpa que llevas en la mano? Tengo a mi madre muy enfer­ma; tal vez este suculento alimento lo­grará reanimarla.
-¡Oh sí, señor! Con mucho gusto. Acabo de pescarla ahora mismo; si me das un buen puñado de sapeques tuya es.
Cheng le dio al pescador los sape­ques que éste le pedía, y muy contento prosiguió el camino con su nueva com­pra en la mano; mas de pronto al mi­rar la carpa le pareció distinguir en ella algo extraordinario, el cuerpo de aquel pez resplandecía como una as­cua de oro; el letrado mudo de admiración decidió entonces devolverle su libertad y de nuevo lo echó en las aguas del río. Al llegar a la posada fue inme­diatamente a visitar a su anciana ma­dre y le contó todo lo que le había pa­sado. La honorable señora se limitó a decirle:
-Has hecho bien, hijo mío, en de­volverle la libertad a la carpa. Toda buena acción, tarde o temprano recibe su recompensa.

Triste había sido la separación. Cheng y su esposa, cabizbajos, subie­ron a la embarcación donde ya les es­peraba el perverso Liu. Éste había con­cebido un plan verdaderamente diabó­lico: su ambición era tanta que había decidido suplantar la personalidad! del letrado. Sabía que nadie conocía al nuevo gobernador, nada más fácil que matarle a él y a su criado pues, y ha­cerse pasar por Cheng el letrado. En cuanto a la esposa ya se ocuparía de ella también; en cuanto fuera viuda iba a obligarla a casarse con él. Era un plan perfecto y no podía fallar.
Liu no esperó ni dos días a cumplir sus malvados propósitos. Al caer la no­che, cuando la negra sombra envolvió con su manto el ancho río, el capitán mató a Cheng y a su criado y los echó al agua. Luego sin hacer caso de los gritos y llantos de Wen Kiao le dijo:
-Mañana mismo serás mi esposa y dentro de tres días tomaré posesión de mi nuevo cargo de gobernador. Desde ahora el letrado Cheng, soy yo. No lo olvides, pues si no te pesará.
Tras decir esto soltó una sarcástica carcajada.

En el mandarinato de Kiangsu ya tenían un nuevo gobernador. Nadie es­taba contento de él: era un hombre cruel y perverso que a todos desagra­datíla, era un verdadero tirano que ha­cía sufrir a todo el mundo, pero nadie padecía más que la pobre Wen Kiao. Su esposa era la primera víctima. El perverso Liu había triunfado.
Una noche, Wen Kiao tuvo un ex­traño sueño. Se le apareció un enviado de la diosa Koan Yin y le anunció que le nacería muy pronto un hijo de su difunto marido, el buen Cheng; un hijo que llegaría a ser tan famoso que su nombre sería conocido y amado hasta el último rincón del Imperio. Antes de esfumarse entre las tinieblas el mensa­jero celeste le hizo aún una recomen­dación:
-Wen Kiao, hija de Inkaichan, ten mucho cuidado. Preserva a tu hijo de las iras del malvado Liu.
Las predicciones del mensajero ce­leste de la Estrella del Sur se cumplie­ron. El hijo de Wen Kiao fue el niño más precioso que jamás se hubiera po­dido soñar. La pobre madre, tan pron­to como tuvo a su hijo entre los bra­zos, pensó en todo lo que le había dicho el enviado de los dioses y tomó una terrible decisión. Sí, iba a ser aque­lla la única solución. Si quería que el terrible Liu no le matara tendría que abandonar al niño, pero ¿cómo? Estu­vo pensando unos momentos.
Por fin decidió lo que tenía que ha­cer. Arropó bien al niño y se dirigió hacia la orilla del río Azul. Una vez allí, llorando desconsolada-mente, besó al niño repetidas veces; luego con gran decisión se mordió un dedo y con un estilete escribió en una tablilla con su propia sangre la trágica historia del pequeñín sin omitir ningún detalle. Luego hizo un ligero rasguño al chiqui­tín en un dedo del pie para lograr re­conocerle si alguna vez se presentaba la ocasión. Tras haber hecho esto cogió una tabla, que venía flotando suave­mente sobre las quietas aguas del río, ató al niño encima y le abandonó a merced de la corriente, rogando a los dioses se dignaran proteger a su hijo, del que tan extraordinarios hechos le habían augurado. La pobre madre no abandonó aquel lugar hasta que la frá­gil madera y su dulce carga se hubieron perdido en el horizonte, confundiéndo­se con el pálido azul del cielo... Enton­ces volvió a llorar...

Changlo, uno de los bonzos más sa­bios del templo de Kinchan, que se alza en un islote del río Azul, se vio de re­pente interrumpido en sus meditacio­nes por el agudo llanto de un recién nacido. Lleno de curiosidad y muy ex­trañado se dirigió hacia la orilla del río; de allí le parecía que procedía aquel vagido. El buen bonzo se quedó mudo de sorpresa al ver que en la mis­ma orillita del río las aguas habían depositado un frágil madero sobre el que venía atado un hermoso chiquitín que lloraba desesperadamente. Chan­glo desató rápidamente al pequeñuelo y sonriente dijo para sí: «Bien venido a Kinchan, hijo mío. Te llamaremos Kian Gliu.»
Changlo era respetado por todos los demás miembros de la comunidad; sus decisiones nadie se habría atrevido jamás a revo-carlas. El niño se decidió que sería criado y educado en el tem­plo para que luego pasara a su vez a ser un servidor de Buda, es decir, un bonzo.
Kian Gliu gozaba de todos los pri­vilegios en el templo, los manjares más delicados le eran ofrecidos y Changlo cuidaba personalmente de su educa­ción.

Pasaron los años. Kian Gliu se con­virtió muy pronto en uno de los bon­zos más sabios y respetados de la co­munidad a pesar de su extremada ju­ventud. A los dieciocho años era ya bonzo.
Cierto día, Kian Gliu sostuvo una violenta disputa con otro bonzo. La dis­cusión llegó a tales extremos que furio­so el otro le llamó «hijo de nadie».
Kian Gliu, herido en lo más profun­do de su corazón, fue entonces en bus­ca de su protector el sabio Changlo.
-Hijo mío, ¿qué te ocurre para que tu semblante esté tan triste? -le pre­guntó el buen bonzo.
-¡Oh honorable Changlo! ¡Si su­pieras lo que me ha ocurrido! Me han llamado «hijo de nadie» y no he podi­do contestarle nada a mi ofensor, por­que en realidad eso es lo que soy.
-No. Kian Gliu, no. Hora es ya de que te revele tu pasado. Cuando te en­contré hace dieciocho años en la orilla del Gran Río, entre tus pañales había una tablilla escrita con sangre de tu madre. En ella hallarás relatada la his­toria de tu vida. Tómala. ¡Léela! Vas a saberlo todo:
Kian Gliu está profundamente emo­cionado. Ni una palabra acierta a salir de su boca.
-Hijo, ha llegado el momento de restablecer la justicia -le dice el bonzo.
-Sí, honorable Changlo. Mañana mismo partiré como un bonzo mendi­cante y no pararé hasta conseguir lle­gar a la provincia de Kiangsu donde mora mi buena madre.

Mucho lleva andado el bonzo men­dicante, poco le falta para llegar al punto de su destino; no muy lejos se distingue ya la silueta de las primeras casas de la ciudad, de aquella ciudad en la que vive su madre, la esposa del hoy prefecto Cheng (Liu en realidad).
Kian Gliu se las arregló pronto para poder darse a conocer a su ma­dre. La alegría de Wen Kiao fue indes­criptible. Su hijo le estaba enseñando la carta que ella, dieciocho años antes, había escrito con su propia sangre, y además le mostraba también los paña­les con que ella misma le había envuel­to. La buena madre no sabía si reír o llorar de alegría. Ambos, madre e hijo, acordaron volver a verse en el monas­terio de Kinchan. Para ello Wen Kiao ideó una estratagema. Le dijo a su marido, el perverso Liu, que cuando era aún una jovencita había hecho voto de ir al templo de Kinchan, pero nunca había podido llegar a cumplirlo. Ahora, después de tantos años, desea­ba vivamente poder dar cumplimiento a la promesa que le había hecho a Buda años ha. Liu, ante aquellas razo­nes, decidió dejarla ir: no quería atraerse complicaciones. No le gustaba que su mujer estuviera en deuda con el dios.

Wen Kiao montó en un bonito pa­lanquín y con varias de sus sirvientas emprendió un buen día el camino hacia el monasterio de Kinchan; ardía en de­seos de volver a ver a su querido hijo, que tanto le recordaba a su difunto y buen marido.
Wen Kiao pudo de nuevo ver a su hijo, y esta vez libremente, sin ningún temor, pudo desarrollarse la entrevista entre aquellos dos seres unidos por tan tiernos lazos.
Wen Kiao estaba ya firmemente convencida de que aquel gallardo bon­zo era su hijo, pero para mayor seguri­dad le dijo de pronto:
-Querido hijo, ya sé que eres mi hijo bienamado, pero desearía ver aún la última prueba: muéstrame el dedo gordo de tu pie derecho.
El bonzo así lo hizo, y Wen Kiao con gran satisfacción pudo com-probar que efectivamente aparecía en él la se­ñal del rasguño que ella misma le había hecho en aquel dedo el día en que le abandonó en las aguas del río.
-Hijo mío, qué alegría es para mí haberte encontrado de nuevo con vida. Ahora mismo te diré cuáles son tus pri­meros deberes. Para empezar tendrás que ir a Hongtcheou, donde ¡ojalá! esté aún con vida tu abuela. Búscala en la posada de «Las Diez Mil Flores». Des­pués irás a Tsinanfu y le entregarás a mi padre, el ministro Inkaichan, si es que gracias a Buda se conserva todavía con vida, esta carta que ahora mismo voy a darte. En ella le informo de todo lo sucedido y le ruego que se haga jus­ticia a mi querido Cheng y que Liu sea castigado cómo se merece. Toma, hijo mío. £sta es la carta y éste es un palillo de incienso que deseo le entregues a tu honorable abuela. Ponte pronto en camino, hijo, porque los días de la madrecita están contados. Mu­chos son los años que debe tener; dudo que logres hallarla con vida.

Hace ya casi un mes que Kian Gliu emprendió el viaje que su querida ma­dre le ordenó. Poco le falta para llegar a Hongtcheou.
El joven bonzo mendicante al en­trar en la ciudad se dirige directamente hacia la bonita posada de «Las Diez Mil Flores», e interroga inmediatamen­te al dueño de la posada.
-Venerable bonzo, cuánto siento no poder darte ninguna noticia agradable. Tu honorable abuela se quedó ciega y sin dinero y tuvo que marcharse de la posada. Creo que vive en una cabaña cerca de la ciudad.
El joven bonzo ha palidecido, se despide a toda prisa del posadero e in­mediatamente se dirige hacia el lugar donde le han indicado. Sus ojos se lle­nan de lágrimas al descubrir aquella miserable cabaña, donde una viejecita acurrucada en el umbral de la puerta alarga tímidamente la mano pidiendo limosna. Kian Gliu corre hacia ella y se prosterna varias veces diciendo:
-Honorable abuela, gracias sean dadas a Buda que al fin me ha permiti­do hallarte.
Rápidamente le cuenta todo lo que ha pasado y luego pasa el bastoncito de incienso, que le dio su madre antes de partir, sobre los ojos cansados de la anciana, que inmediatamente vuelve a recuperar la vista. Indescriptible es la alegría de ambos ante aquel prodigio.
-¡Ay, hijo mío! Cuánto lamento no haber confiado lo bastante en tu buen padre a quien yo creía vivo e ingrato, cuando en realidad estaba muerto.
El buen Kian Gliu se apresura en­tonces a llevar de nuevo a su abuela a la posada de «Las Diez Mil Flores» y paga lo que piden para que sigan aten­diendo a su abuela según se debe a su categoría.
Kian Gliu sigue andando. Desea lle­gar cuanto antes al palacio de su abue­lo, el ministro Inkaichan.
Tan pronto como el joven se ve en la capital se dirige al palacio de su abuelo. El ministro, enterado de que el joven desea hablarle en privado para comunicarle un asunto de grave impor­tancia, le recibe inmediatamente. Su alegría por ver a su nieto sólo es supe­rada por la injusta indignación al ente­rarse del perverso comportamiento del capitán Liu. Inmediatamente le prome­te a su nieto que se hará justicia.
El emperador Tang Tai Tsong, ente­rado por su ministro de los hechos, decide castigar como se merece a aquel malvado. Da orden de que sea decapi­tado junto al río Hongkiang, en el mis­mo lugar donde fue asesinado el letra­do Cheng.
El perverso Liu está ya junto al río Hongkiang. Inkaichan en persona le ha apresado. Su cabeza cae pesadamente en el agua; el verdugo acaba de cum­plir su cometido. De pronto, ¿qué es lo que ocurre? Las aguas parecen mo­verse extrañamente y cegadores refle­jos acompañan aquel movimiento. Una espesa neblina parece formarse sobre las turbulentas aguas, una bruma que poco a poco se va convirtiendo en un cuerpo humano, en un ser joven y apuesto. ¡Es el letrado Cheng! Padre, madre, hijo y suegro viven los instan­tes más felices de su vida.
Pero ¿qué era lo que podía haber ocurrido para que Cheng lograra recu­perar su cuerpo? Cheng les cuenta en­tonces el gran prodigio. Aquella lumi­nosa carpa, que él magnánimamente devolvió a su elemento, era el dios del río. Por equivocación cayó en las redes de aquel viejo pescador y sólo gracias a Cheng logró salvar la vida. Poco des­pués enterado Su Majestad de que aquel joven que le había salvado la vida había sido vilmente asesinado, y arrojado a las aguas por el criminal Liu, decidió salvarle y nombrarle alto dignatario de su Corte, y ahora, al ver el desconsuelo de toda la familia de Cheng, tuvo compasión y lo devolvió a la Tierra para que fuera a reunir­se con todos los suyos que tanto le llo­raban.

Por fin la provincia de Kiangsu tie­ne su verdadero gobernador, bueno y justo, tras dieciocho años de soportar al tirano; el auténtico ocupante de aquel alto cargo ostenta el mando.
Entretanto Kian Gliu se ha conver­tido en el bonzo predilecto del empe­rador, quien le ha concedido altos car­gos. Recibe el nombre de Tang Tseng y será a él a quien Buda, personalmen­te, le entregará los libros sagrados des­tinados al Gran Imperio.

005. anonimo (china)

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