Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

viernes, 15 de junio de 2012

El pájaro que canta el bien y el mal .140

140. Cuento popular castellano

Ésta era una villa donde habitaban tres jóvenes güérfanas, y la más pequeña era muy guapa y muy buena. Y las otras dos hermanas mayores eran envidiosas y malas. Había en el pueblo un joven muy bueno que llevaba la carrera de militar. Y llegó a ser capitán. Y este, joven se enamoró de la hermana más joven, y se casaron. Las otras dos hermanas se pusieron coléricas, sin dar a conocer a su hermana el rencor que le habían cogido.
Sucedió que sólo un año vivieron felices los recién casados. Estalló una guerra muy grande, y el joven, como capitán que era, tuvo que marcharse al frente de las tropas. A la esposa la dejó encinta y encargó mucho a las hermanas que la cuidasen muy bien y que tuviesen con ella mucho esmero. Y les dijo que cuan­do su esposa diese a luz, que se lo comunicasen en seguida.
Y llegó la hora de dar a luz, y trajo al mundo un niño y una niña, dos melgos. Las hermanas, tan pronto como la madre dio a luz y se repuso un poco, la emparedaron, y a los niños les co­gieron un ama para que les criase. Les tuvieron en su compañía hasta la edad de siete años, escribiéndole siempre al padre que estaban muy bien, lo mismo la madre que los niños, que se cria­ban muy hermosos.
Sucedió que la guerra duró muchos años. Las hermanas, que­riendo ya desembarazarse de los chicos, porque querían cuando viniese el cuñaa que se casaría con una de ellas, les echaron de casa. Los niños se fueron mendigando hasta llegar a un puerto de mar. Allí se encontraron con una señora extranjera, y de que los vio tan guapos, les dijo que si querían irse con ella. Como no tenían hijos el matrimonio ese, pues nada más llegar a su país, a América, les doztó por hijos.
Allí estuvieron hasta que tuvieron dieciocho años. Y al morir los señores, les dejaron el inmenso capital que tenían. Y entonces los chicos trataban de volverse para España. Y por fin fueron a vivir a la misma aldea donde habían nacido, sin pensar ni en pa­rientes ni en padres, porque como les habían dicho sus tías que no tenían ni padre ni madre, pues vivían los dos muy tranquilos. Se construyeron un hermoso palacio enfrente de la casa de sus tías, tomando al poco tiempo relaciones con sus mismas tías, sin ellas saber que eran sus sobrinos.
Pero había una vieja que la tenían por hechicera, y ella tam­bién tomó mucha amistaz con los chicos. Hablando con ella, los niños le dijeron cómo se llamaban. Y un día, al irse a bañar en el jardín, conoció la hechicera a la chica por un lunar que había nacido la chica con él en el pecho.
Se asustó la bruja y fue corriendo a decir a las tías que aque­llos jóvenes iban a ser sus sobrinos. Las tías se sobresaltaron y empezaron a ponerse intranquilas, porque a su cuñao, o sea el padre de los niños, no le faltaba más que medio año para venir a casa. Entonces le dijeron a la bruja:
-¡Ay, a ver, tía fulana! ¡Ay, por Dios! ¡A ver como ustez hace que desaparezcan! Porque si viene su padre y se entera de lo que hemos hecho, nos manda quemar.
-Sí, hijas mías, sí -dice la bruja. No tengáis miedo, que de eso ya me encargaré yo.
Se fue para el palacio donde estaban los niños y los encontró muy alegres, pensando en las cosas que tendrían que hacer en el palacio. La vieja les dice:
-¡Miraz, qué palacio más precioso heis hecho! ¡Qué jardín más precioso! Qué albergue tan bonito! Aquí no sos hace falta nada más que tres cosas: el pájaro que canta el bien y el mal; un ramo de flores de la Huerta de Irás y No Volverás, y un par de peces de colores, que con dos peces de colores se poblará la alberca. Y lo mismo el jardín con el ramo de flores.
El hermano se puso muy contento al oír contar aquello a la bruja, que la tenían por una mujer muy buena, y le dijo a su hermana:
-Hermana, yo me voy a la Huerta de Irás y No Volverás por el ramo de flores.
-¡Ay, por Dios, no te vayas, que está muy lejísimos! ¡A lo mejor te matan y no te vuelvo a ver! Y entonces, ¿qué va a ser de mí? ¿Qué voy a hacer yo tan sola en el mundo?
-No te apures, hermana -contestó el hermano. Yo no tengo miedo a nadie. Y, además, si me ocurriese algo, te voy a dejar una botella llena de agua de la alberca. La miras continuamente, y si ves que el agua está clara, no temas por mí, que no me pasa nada. Si ves que el agua se revuelve, entonces ten paciencia y no te desesperes; pero yo no volveré a verte.
Y se puso en camino el muchacho. Y después de andar mu­chas leguas, muchas, muchas, se encontró con un anciano con unas barbas tan largas que le daban en la cintura, y le dice:
-Hermoso joven, ¿dónde vas? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Mire ustez, señor, me voy a la Huerta de Irás y No Volve­rás por un ramo de flores para poblar un jardín que tengo, que con ese ramo me han dicho que tendré flores de todas las que haya en el mundo.
-Mucho peligro corres, pobre muchacho. Pero mira; yo soy Nuestro Señor, que velo por ti y por tu hermana. Mira; anda listo. A las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te quedas para siempre. No andes escogiendo árboles. No hagas nada más que entrar, y del primero que veas coges un ramito y te vuelves a casa. No te entretengas, que las puertas, si se cierran, no se vuelven a abrir. Todos los seres que han entrao aquí, ahí les tienes todos hechos árboles, peces y pájaros.
Entró el muchacho, seguido por los consejos del anciano, cogió una ramita de un árbol, y se salió corriendo. Volvía muy alegre a casa con el ramo de flores en la mano. Su hermana de día y de noche no se desprendía de la botella de agua, que permanecía siempre cristalina. Al cabo de un mes, llegó el hermano a casa, teniendo los dos una alegría inmensa.
La bruja, de que lo supo que había vuelto el muchacho, fue corriendo a verles y les dijo:
-Veis, veis, si yo sos quiero mucho. Sos he de hacer entavía más felices de lo que sois.
Bajaron al jardín acompañaos de la hechicera, y les dice:
-Plantaz el ramo donde vosotros queráis, que aunque le plan­téis encima de una peña, el árbol lo mismo ha de prevalecer.
Los niños, que creían en ella como en su madre, pusieron el ramito de flores encima de una peña, como la hechicera les había dicho. Azto continuo se formó un bosque de todos los árboles que pudiera haber en el mejor jardín del mundo, de todos los colores, y rosas de todas las clases. La hechicera entonces les dice:
-¡Lo veis! ¡Lo veis cuánto sos quiero yo! ¡Cuánto! No tenéis que conformaros con este ramo de flores. Ahora tenéis que ir por los peces de colores.
-Hermana, yo me voy por los peces de colores -dice el muchacho.
-¡No, no, hermano, no! -dice la muchacha. No quiero más que te separes de mí. Yo ya soy contenta con el jardín que tene­mos, y no nos hace falta más.
-¡Qué miedosa eres, chica! -la dice el hermano-. Yo me voy. Ya te dejaré la botella de agua para que veas si me pasa alguna desgracia.
Y se despidió de la hechicera y de su hermana. La hermana se quedó muy triste, mientras la hechicera se fue a contárselo todo a las tías de los chicos.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Mire ustez! -dicen las tías. ¡Sólo dos meses le faltan al cuñao para venir! ¡Ay, si se llega a ente­rar, qué será de nosotras!
-No tengáis miedo, bobinas -dice la bruja, que si de la segunda vuelve, de la última yo os prometo que no ha de volver.
El muchacho seguía su camino, y después de andar muchas leguas, corno en el viaje anterior, se encontró en el mismo sitio con el anciano. Y le dice:
-¿Dónde vas, pobre joven? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Voy a la Huerta de Irás y No Volverás por un par de peces de colores para poblar un estanque que tengo.
-Mira -le dice el anciano; yo velo por ti. A las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te que­das. Tantos peces como veas, son jóvenes que no creyendo mis consejos se han quedao allí en castigo de su desobediencia.
El muchacho dio las gracias al anciano y siguió su camino. Llegó a la huerta, y se abrieron las puertas. Y a la misma puerta, nada más abrir, había un hermoso estanque con peces de todos los colores. Se agachó y se cogió dos peces y salió corriendo. Se tomó inmediatamente el camino de su casa, y al cabo de un mes de jornada, llegó a la villa.
Su hermana estaba muy contenta, porque la botella con el agua había permanecido siempre como un cristal de clara. La bruja, que no dejaba a la hermana en ninguna hora del día, se salió con ella al balcón a ver si veía venir a su hermano.
Ya le vieron venir, y su hermana se volvía loca de alegría, mientras la tía bruja estaba echando maldiciones por lo bajo.
Y las tías de los chicos, como tenían tanto miedo de que el chico volviese, también estaban al balcón esperando a ver si iba la vieja a darlas la noticia de que el muchacho no había vuelto. Pero, ¡qué sorpresa tan grande cuando, al mirar para el balcón del pa­lacio que daba frente por frente del suyo, vieron a los tres: a la tía hechicera con los dos hermanos!
-¡Ay, Dios mío! -decían las tías. ¡Esa tía bruja nos está en­gañando! ¡Ya se ha hecho amiga de ellos! ¡La habrán dao mucho dinero, y nos ha vendido!
No ocurría así. La hechicera se dirigió a la casa de ellas, y, de que las vio tan furiosas, las dijo:
-No temáis, muchachas, no temáis, que de éste y de la her­mana yo me encargo.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Ayer recibimos carta de nuestro cuñao, y dice que para primeros del mes viene. Si no podemos que desaparezcan de una manera, tienen que desaparecer de otra.
-No tengáis miedo, hijas mías, no tengáis miedo -dice la hechicera, que yo sos aseguro que de otro viaje no vuelve.
-¡Ay, cuánto se lo agradeceremos, tía fulana! ¡Por Dios! La tendremos siempre con nosotros. No le faltará nada.
Y volvíóse la tía bruja a engañar a los ignorantes de los chicos.
-Miraz -les dice-. ¿No sabéis que esas señoras de enfrente, que están siempre al balcón, están locas, locas, por haceros una visita?
-Bueno, bueno. Que vengan cuando quieran -dice la chica.
-No, no, no, tan pronto no, hija mía -dice la hechicera. Tan pronto que no vengan. Hasta que no tengáis el jardín completo, no debéis de admitir visitas.
-Tiene razón la vieja -dice el hermano.
-Sí, hijo, sí, tengo razón. Porque ya no sos falta nada más que el pájaro que canta el bien y el mal.
-Déjame, déjame de pájaros, hermano, que ya tenemos bas­tante -contesta la hermana-. No sea que por el pájaro, te vayas y no vuelvas.
-No, hermana; no tengas miedo. Además, que te voy a decir que siempre que voy, me encuentro con un anciano que le llegan las barbas hasta la cintura; y él me pone al corriente de lo que pasa en la huerta. Y me ha dicho que es Nuestro Señor Jesucristo.
-¡Ay, hermano, por Dios, que yo parece que voy desconfian­do de esa vieja! -dice la hermana.
-No, no; no seas sospechosa, mujer -contesta el hermano. ¿No ves que es una infeliz? No tengas miedo. Te dejaré la botella de agua, como las otras dos veces, y yo me voy.
Se despidió de su hermana y se marchó. Después de haber andado muchísimas leguas, se encontró en el mismo sitio con el anciano de las barbas hasta la cintura, y le dice, como las veces anteriores:
-¿Dónde vas, pobre joven? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
-Me voy a la Huerta de Irás y No Volverás por un pájaro que nos canta el bien y el mal.
-Mira -le dice el anciano, a las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Sí no sales, allá te quedas. Entras y coges cualquier pájaro que veas, al primero que puedas echar mano, y te sales corriendo.
Llegó el muchacho a la huerta; las puertas se abrieron como siempre y entró. Pero, ¡oh, milagro!, que al entrar el chico se formó un concierto de pájaros que le dejaron embelesao. Tantos había, tan preciosos eran y tan bien cantaban, que el chico no sabia cuál coger. Cogió uno y echó a correr. Pero se le había pasao la hora, y, al llegar a las puertas, ya se habían cerrao, y allí se quedó hecho un tronco, un árbol.
La hermana, que vio que el agua de la botella se había revuel­to, empezó a gritar:
-¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío, tía fulana! ¡Ay, Dios mío, que mi hermano ya no vuelve!
La tía bruja, que siempre estaba escuchando, subió corrien­do, y la dice:
-No llores, bobina; no llores. No te fíes de patrañas, que esa botella es un cuento. Deja la botella, y márchate a buscar a tu hermano. De seguro que le encontrarás en el camino, con el pá­jaro en la mano, y verás, verás, qué contento viene.
La hermana se marchó a buscar a su hermano, y mientras tanto la tía bruja se fue donde estaban las tías de los chicos, y las dice:
-¿No sos lo había dicho yo? Él ya quedó allá, y a ella tam­poco la volveremos a ver.
-¡Ay, por Dios, tía fulana! ¡Ay, por Dios! Si llegarían a vol­ver, nuestra perdición es segura. Mañana mismo llega nuestro cuñaa. Ha terminao la guerra, y se viene él a casa. ¡Ay, si se llega a enterar!
-No tengáis miedo, no, que ya no vuelven -les dice la hechicera.
La pobre hermana seguía su camino, loca y llorando amarga­mente. Después de haber recorrido muchas leguas se encontró en el mismo sitio con el anciano que encontraba siempre su her­mano. Y le dijo lo mismo:
-¿Dónde vas, muchacha? ¿Dónde vas? ¿Quién te quiere tan mal que por estos caminos te manda?
Y la muchacha le contesta:
-¡Ay, buen viejo, buen viejo, que me voy a la Huerta de Irás y No Volverás a buscar a mi hermano! Ha ido a buscar el pájaro que canta el bien y el mal, y no ha vuelto. Voy a buscarle aunque perezcamos allá los dos.
-Mira -le dice el anciano, a las dos se abren las puertas, y a las tres se cierran. Si no sales, allá te quedas. Entras en la huerta, y nada más entrar hay un tronco; vas y le das un golpe con la mano y le dices, «Sal, hermano», y entonces tu hermano volverá a recobrar su figura, y sos marcháis a vuestra aldea.
Así lo hizo la chica. Se abrieron las puertas, dio un golpe al árbol, y se presentó el hermano con el pájaro en la mano. Y el pájaro les decía:
-Estáis poseídos de una mala mujer que os quiere engañar.
La hermana dice entonces:
-¡Ah, quita, quita, hermano! Suelta ese pájaro, porque noso­tros no tenemos quien nos quiera mal. No hablamos con nadie más que con esa vieja, y aunque he llegao a sospechar de ella, no creo que nos quiera hacer tanto mal.
-¡Ay, no, no, no! -dice el hermano. Yo el pájaro no le dejo. Sea lo que quiera, el pájaro no le dejo, ni me separaré de él mientras él viva y vivamos nosotros.
Siguieron su camino, y después de muchos días de cansancio llegaron a su casa. Entraron en el palacio y fueron derechos al jardín a soltar el pajarito. El pajarito, en lugar de subirse a los árboles, se volvió a la mesa donde iban a comer los chicos.
La tía bruja y las tías, que vieron que habían vuelto los chi­cos, empezaron a ponerse desazonadas, pero siempre disimulan­do, porque ya estaba en casa su cuñao, o sea el padre de los chicos.
-¡Ay, Dios mío, tía fulana! Ya está nuestro cuñao en casa. Si llega a coger amistaz con ellos y llegaría a sospechar de noso­tras, estamos perdidas. ¡Estamos perdidas!
-No desconfiéis, muchachas, que sos he dicho que de ellos yo me encargo.
El capitán, o sea el padre de los niños, se ponía todas las ma­ñanas al balcón que daba enfrente del balcón de los chicos. Así que les vio la primera vez, le llamaron la atención mucho, y las dice a las cuñadas:
-¿Qué jóvenes son ésos que viven enfrente de nosotros? Debe ser un palacio precioso el que tienen. Me gustaría tener relacio­nes con ellos, porque en esta aldea no hay personas de mi clase para tratarme con ellas.
-No te se ocurra nunca jamás hablar con esos muchachos -dijo una de las tías-. Son personas extranjeras. No se relacio­nan con nadie en el pueblo. No sabemos qué educación tendrán, y lo mejor es que no tengas trato con ellos.
Llegó el día siguiente, y el capitán, no conforme con lo que
las cuñadas le decían, se salió a dar un paseo de su casa a la de los chicos. Los chicos se bajaron a la calle a pasearse también, y al encontrarse con ese señor le saludaron muy atentos, y empe­zaron a hablar con él. Tanta gracia encontró el capitán en los dos chicos que se quedó admirado de ver la buena educación que te­nían. Se fue a casa y les dice a las cuñadas:
-He estado con esos chicos, y me han invitado a ver un jar­
dín que tienen muy precioso. Y yo, en agradecimiento, deseo in­vitarles a cenar en nuestra compañía esta misma noche.
-¡Ay, que nosotras no los metemos en casa! -exclamaron las cuñadas. En el pueblo se dice que son unos sinvergüenzas. Pregunta, pregunta a la tía fulana, que habla con ellos, y verás cómo te dice que son unos jóvenes muy mal educados.
-Bueno -dice el capitán; sean lo que quieran que sean.
Yo quiero que me acompañen esta noche a cenar.
Ya no les quedó más remedio a las cuñadas que decir que sí,
que irían a cenar. Pero llamaron a la tía bruja y la dicen:
-¡Ay, Dios mío, tía fulana! ¡Ay, Dios mío, tía fulana, que nuestro cuñao ha mandao venir a cenar a esos chicos! ¡Si se les ocurre traer el pájaro, estamos perdidas!
-No sos apuréis, no sos apuréis, mujeres -dice la bruja, que no traerán el pájaro, no.
Y se fue la tía bruja para la casa de los chicos. La recibieron con mucha alegría los chicos, y la dijeron:
-¿No sabe, tía fulana, no sabe que nos ha convidao a cenar ese señor que vive enfrente?
-¡Bueno, hijos míos, bueno! Pero miraz lo que sos voy a decir: que no llevéis el pájaro, porque si lleváis el pájaro, vais a disgustar a esas señoras, porque son muy limpias y, a lo mejor, al pájaro le dan ganas de cagar.
-No, no, señora -dicen los chicos. Nosotros, si vamos, te­nemos que llevar el pájaro, y de lo contrario, si no nos dejan llevar el pájaro, pues no vamos a cenar.
Fue la infame mujer y les dice a las tías:
-No he podido convencerles de que dejen el pájaro.
-Pues entonces, ¿qué vamos a hacer?
-Pues miraz. Vais a hacer dos tortillas, una envenenada y la otra sin veneno. Como las tortillas las vais a poner a un tiem­po en la mesa, pues ponéis la envenenada para el lado de los muchachos, y la otra para vosotras y para el cuñao.
Así lo hicieron. Fue el capitán a la casa de los chicos para lle­varles con él a cenar. Los muchachos se cogieron el pájaro y se marcharon con su padre, onque no sabían que era su padre de ellos. Las tías les recibieron muy contentas y les acompañaron a sentarse a la mesa. La criada sirvió las tortillas, poniendo la en­venenada para los chicos. Pero al tiempo de ir a comerla, des­pués que la habían partido, el pájaro empezó a cantar y decía:
-¡No comáis, que tiene veneno! ¡No comáis, que tiene vene­no! ¡Y vuestra madre está emparedada! ¡Y vuestra madre está emparedada!
Y con el pico se volvía y picaba en la pared, donde estaba em­paredada la madre de los chicos.
Los chicos no comían; pero el capitán no había comprendido al pájaro y les decía:
-Pero, ¿cómo no comen ustedes?
-No, señor, no. Nosotros no comemos.
-Pues, ¿por qué no comen ustedes?
-Porque este pájaro que tenemos aquí nos cuenta el bien y el mal, y no comemos porque dice que la tortilla está envenena­da y que nuestra madre está emparedada aquí en esta parez.
El capitán se quedó pasmao al oír eso a los chicos. Y enton­ces se recordó de su mujer y cogió un cacho de tortilla y se lo tiró a un perro que tenían. El perro nada más comer la tortilla quedó muerto de repente. Y entonces el capitán se levantó furio­so y las dice a las cuñadas:
-¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Heis envenenao a estos chicos. Esto está probao, que les heis querido envenenar. Ahora vamos a ver si lo demás que dice el pájaro es cierto.
Fue él mismo y coge un azadón, y, picando en la parez, oyó un lamento que salía de dentro de la parez. Ya sospechando una traición de las tías, derribó un cacho de la parez, y se encontró con una mujer viva como un esqueleto de seca y que no podía hablar, porque las tías por un escondite que tenían la daban sólo agua y rebojos de pan.
Entonces, al sacar a quella mujer, el capitán no la reconoció; pero sí que le vino la idea de mirar a los niños, a los chicos, por­que su madre tenía un lunar en el pecho. Y al mirar a los chicos vio que los chicos tenían el mismo lunar que tenía su madre. Entonces creyó ya de fijo que aquellas mujeres le habían hecho aquella traición. Mandó el capitán amontonar muchos carros de leña y encenderlos. Y después de estar encendida la hoguera, mandó arrojar en ella a la bruja y a las cuñadas, y las quemaron.
Y él se quedó con los hijos y la mujer.

Morgovejo, Riaño, León. Narrador LXV, 21 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

No hay comentarios:

Publicar un comentario