Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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viernes, 15 de junio de 2012

El herrero y el demonio


82. Cuento popular castellano

Una vez había un herrero muy pobre que no tenía ni carbón, ni hierro, ni cosa alguna de comer.
Un día pasaron por su casa, con un burro, Jesucristo y San Pedro. Y Jesucristo le dijo al herrero que si le quería herrar el burro que llevaban. El herrero contestó que sí, pero que casi no tenía con qué hacerlo. Atropó con las uñas algo de carbón que había por los rincones de la carbonera y dijo:
-Ahora me falta el hierro... Voy a esbaratar un martillo.
Y del martillo hizo las herraduras y pudo herrar el burro.
-Bueno... Ahora vamos a ver cuánto son sus trabajos -le dijo Jesucristo.
-Pues, ¿qué le voy a pedir? -dice el herrero-. Será ustez tan pobre... Ustez no tiene nada, y yo tampoco.
-Pues, hombre, tres cosas que me pidas te puedo dar -le dice Jesucristo.
Y San Pedro, que estaba con Jesucristo, le decía al herrero al oído:
-Pídele la gloria. Pídele la gloria.
Y entonces dijo el herrero a San Pedro:
-Y a ti, ¿qué te importa lo que yo voy a pedir? Y el herrero le dijo a Jesucristo:
-Yo pido que todo aquel que se siente en mi silla, sin mi per­miso no se pueda levantar.
-Concedido -contesta Jesucristo.
-La segunda cosa: Yo pido que todo aquel que se suba a mi guindal, sin mi permiso no se pueda bajar.
-Concedido.
-La tercera: Yo pido que todo aquello que se meta en mi bolsillo, sin mi permiso no se pueda salir. -Concedido.
Ya el herrero se quedó como antes, muerto de hambre, con su perrito, que se llamaba Necesidaz.
Y resulta que después, pensando y discurriendo, no encontra­ba medios para ganar de comer. Y en esto se acordó de hacer una escritura con el demonio y mandarle el alma, siempre' que le mandase riquezas. El demonio aceptó el trato, dándole vida por diez años. Durante este tiempo el herrero recibió todo lo que de­seaba y hizo un palacio con su huerta.
Cumplidos los diez años, vino el demonio mayor a por el he­rrero.
-Pues, mira -le dice el herrero-. Ya que va a ser la última vez, vamos a beber una jarra de vino para ir alegres en compañía.
¡Siéntate! ¡Siéntate en la silla!
Se sentó en la silla el demonio mayor, y, una vez que acaba­ron la jarra de vino, le dijo el herrero al demonio:
-Bueno... Vamos cuando quieras.
-La cuestión es que no puedo levantarme -contestó el de­monio.
-Hombre, pues, ¿quién te sujeta? Si naide te tiene. ¡Vamos, hombre! ¡Vamos cuando quieras!
-Pues, es que no puedo -dice el demonio.
-Pues si no puedes, ¿qué te voy a hacer yo? -le dice el he­rrero-. Pues ahí te quedas... ¿Pa cuántos años más me das vida, y te dejo marchar?
-Para otros diez años más -contesta el demonio.
A los diez años vinieron tres demonios a por él. Y al demonio mayor, como antes, le mandó sentar en la silla; y a los otros dos les mandó subir al guindal y les dijo:
-Cogei unas guindas para merendarlas juntos.
Al demonio mayor le sacó la jarra de vino, y se pusieron a merendar mientras los otros bajaban. Y les dice el demonio ma­yor a los otros:
-¡Vamos, los de las guindas! ¿No bajáis?
-¡Sí! -dice el herrero-. ¡Vamos, ya es hora que bajéis! 
-Si es que no podemos bajar -contestan los otros.
-Luego, ¿quién vos lo priva, si naide vos sujeta? -les dice el herrero.
Y ellos dicen:
-Pues, no podemos bajar...
Y en esto, ya que aquéllos no podían bajar, dice el demonio mayor:
-Bueno... Si ésos no pueden bajar, vamos tú y yo juntos. Y va a levantarse, pero no puede y dice:
-Pero es que yo no puedo levantarme tampoco. -Pues, ¿quién te lo priva? -le dice el herrero. -Pues naide me tiene; pero yo no puedo levantarme.
Y entonces les dice el herrero:
-Bueno... Si no podéis marchar, ¿para cuántos años más me dais vida, y vos dejo marchar?
-Pa diez años más.
A los diez años vinieron tres mil demonios a por él, y dice el herrero al demonio mayor, como de costumbre: -Sienta; siéntate en mi silla.
Le sacó otra vez una jarra de vino. Y a otros dos les mandó subir a por guindas al guindal, para ya comérselas todos juntos.
Después de algún tiempo les dijo:
-Bueno; pero, ¿bajáis ya, para comérnoslas juntos?
-Si es que no podemos bajar -dijeron.
-Pues, ¿quién vos lo priva? -les dice el herrero. Y a los demás demonios les dijo:
-¡Tanto como sabéis! ¡Tanto como hacéis! Y ellos dicen:
-Nosotros sabemos hacer muchas cosas.
-¡Vosotros no sabéis hacer nada! -les dice el herrero.
-Pos sí que hacemos muchas cosas que son casi imposibles -dicen los demonios.
-Pues, a que no os metéis en el cuerpo de esa hormiga -les dice el herrero.
-¡A que sí!
-¡A que no! ¡Qué vais, si no sabéis hacer nada! ¡A que no!
-Pues, ¡a que lo hacemos!
-Pues, ¡a verlo!
Y se metieron los demonios en el cuerpo de la hormiga. Y la cogió el herrero y la metió en el bolso. Como de allí no se podían salir -ni ella ni los diablos tampoco-, dice el herrero:
-Pues ahora no me dais ya más lata. Ahora vos tengo a todos encerraos.
Las guerras se acabaron porque no había diablos; los escriba­nos no tenían qué comer; los jueces y los abogaos se morían de hambre. Y cuando todos supieron que el herrero tenía a los dia­blos encerraos, luego querían matar al herrero a palos porque todos se morían de hambre.
Y en esto que el herrero tuvo un concierto con los diablos y les dijo:
-¡Si no os volvéis a meter conmigo, os suelto! ¡Si no, quie­tos!...
-¡Sí, sí! ¡Déjanos marchar! -contestaron los diablos-. Si nos dejas marchar, te dejamos libre y no nos volveremos a acor­dar de ti.
Se marcharon los diablos, y el herrero, que se llamaba Mise­ria, se quedó en el mundo, con su perrito, Necesidaz.
Conque ya al herrero le llegó la hora de la muerte, y fue a llamar a la puerta del cielo. Y estaba San Pedro a la puerta del cielo y le dijo:
-¡Anda, vete de aquí! ¿No te dije que pidieras el cielo? Ahora, ¡vete de aquí!
Entonces el herrero fue al purgatorio, y allí no le quisieron admitir tampoco. Y ya de allí se fue al infierno. Llamó a la puer­ta, y se asomó el diablo mayor, quien, al verle, gritó:
-¡Cerrai, cerrai, que ése nos fastidia! ¡"Ése es más diablo que nosotros!
Y el pobre herrero tuvo que volver al mundo con su perrito Necesidaz. Y por ahí andará todavía por el mundo.

Arbejal, Palencia. Narrador XLII, 24 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

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