Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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jueves, 14 de junio de 2012

El castillo de irás y no volverás .069

69. Cuento popular castellano

Era un pescador y fue a pescar. Y la primera vez que tiró la rede, sacó un pez muy grande, y le dijo el pez:
-¡No me lleves! ¡Échame otra vez al agua!
Conque fue y le echó otra vez al agua. Y fue para casa y se lo contó a su mujer, y la mujer le dijo:
-Eres un bobo. Mira, con eso ya teníamos para la cena. Vete y mira a ver si le sacas otra vez y te le traes.
Entonces el pescador fue, volvió a tirar la rede y le volvió a sacar. Y entonces el pez le dijo:
-¡No me mates! Tírame otra vez al agua.
Pero el pescador le dijo que no, que su mujer le había dicho que le llevara para la cena. Y le dijo entonces el pez:
-Bueno; pues, llévame. Pero tú no comas de la carne mía. Y los buesos los recoges y les metes entre la basura. A los quince días vas y les sacas, y encontrarás dos muchachos y los adoptas como hijos tuyos.
Bueno; pues así lo hizo. Se marchó para casa, no quiso comer del pez, recogió todas las espinas, y, una vez recogidas, las metió en la basura. A los quince días fue a buscarles y se encontró con dos muchachos muy parecidos, tan parecidos que parecían uno mismo. Y les llevó pa casa. Ya un día uno de ellos llenó un vaso de agua y le dijo a su hermano:
-Mira; yo me voy por el mundo. Cuando veas esta agua re­güelta, pues es que a mí me ha pasao algo, y en seguida me vas a buscar.
Cogió la lanza y se marchó. Y ya llegó a un pueblo donde vivía un rey que tenía una hija. Y había en aquel pueblo un monstruo que tenía siete cabezas, y todos los años se llevaba una muchacha de aquel pueblo. Aquel año tenía que llevarse a la hija del rey, y el rey había dicho que quien matara a aquel monstruo se casaría con su hija.
Entonces ese muchacho fue y con la lanza mató al monstruo. Después le sacó las siete lenguas, las recogió y se las llevó. Fue y le dijo al rey que ya había matao al monstruo y que iba a casarse con la princesa; pero la hija del rey dijo que no se casaba mien­tras no pasaran tres meses, que eran lo que faltaba para venir el monstruo a por ella. Entonces el muchacho marchó y quedó en volver.
Pero en ese medio tiempo pasó un carromatero y, al ver el monstruo matao, pues cogió las siete cabezas y las llevó a pala­cio. Y la hija del rey, al cabo de los tres meses, se casó con el carromatero.
Y ya el muchacho, cuando le pareció, fue y dijo que se iba a casar con la hija del rey, porque había sido él quien había matao el monstruo ese. Entonces le dijo el rey que era un embustero, que ya su hija estaba casada, y que lo que había dicho era men­tira, que allí tenía las cabezas del monstruo. Entonces dijo el muchacho que mirasen a ver si aquellas cabezas tenían lengua. Y al ver que era verdad que no las tenían, mandaron quemar al carromatero, y se casó la hija del rey con el muchacho ese.
Cuando se fueron a acostar la primer noche, vio el muchacho desde la ventana una casa muy bonita, muy bien iluminada, y la dijo a su mujer:
-Oye, mujer, ¿qué es eso que se ve allá?
-No me hables de eso -dice ella, que me das mucho mie­do. Ahí todo el que va no vuelve.
Al siguiente día cogió el muchacho un caballo y una lanza y se marchó a ver qué había en aquella casa. Allí vivía una vieja hechi­cera y, nada más llegar, le quedó encantao.
Entonces vio su hermano la botella de agua regüelta y fue y marchó a buscar a su hermano. Llegó a palacio y la hija del rey le recibió creyendo que era su marido. Y después de cenar, que­ría ella irse a acostar. Y miró él desde la ventana y la dijo:
-¿Qué es aquello que se ve allá a lo lejos? Y ella le dijo:
-Ya te he dicho, marido, que eso no me tienes que preguntar, que ahí todo el que va no vuelve.
Se calló él, y se fueron a acostar. Y la dijo él:
-Mira, mujer; tengo hecha una oferta, y es que tengo que poner un poco tiempo la lanza entre los dos.
Y al siguiente día se levantó, cogió un caballo y una lanza y se fue derecho para aquella casa. Al llegar, en vez de acercarse como su hermano, la llamó a la mujer y la dijo que la mataba, que tenía que desencantar a su hermano y sacársele en seguida. Como la amena-zaba con la lanza, ya le dio miedo y hizo que salie­ra su hermano.
Ya venían por el camino los dos montaos a caballo, cuando le dijo a su hermano:
-Na más ver la botella regüelta fui a palacio y dormí con tu mujer.
Al decirle eso, su hermano le pegó un lanzazo y se cayó sin sentido al suelo. Y sin hacerle caso, siguió a su casa. Llegó a su casa ya muy tarde, cenaron y se fueron a acostar. Y le dijo la mujer, al irse a acostar:
-¡Qué pronto te olvidas de las ofertas! 
-¿Qué ofertas tengo yo? -dijo él. Y ella le dice:
-¿No me decías anoche que tenías que poner un poco tiempo la lanza entre los dos?
Entonces él no se acostó, se dio cuenta y contó a su mujer lo que había ocurrido. Y se cogió un médico y fue en busca de su hermano.
Llegaron; pero su hermano ya había vuelto al conocimiento. Le pidió perdón, y le llevaron a su casa. La mujer les estaba vien­do venir desde la ventana, y decía que quién sería su marido de los dos.
Y ya pues el otró se marchó para casa con sus padres. Y el primero se quedó con la reina, y vivieron felices.

Sieteiglesias, Valladolid. Narrador XC, 8 de mayo, 1936.

Fuente: Aurelio M. Espinosa, hijo                                                            

058. anonimo (castilla y leon)

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