Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 10 de junio de 2012

El caballo de san jorge


La conquista de Menorca por Alfonso III de Aragón, ha­bía empezado, en cierto modo, bajo los auspicios de sobrena­turales premo-niciones.
Anclada la escuadra en Mallorca, durante la Navidad de 1286, tuvo allí el rey Alfonso el primer aviso, al quedarse cie­go por el resplandor de un espectro cuando, con evidente desprecio de las disposiciones eclesiales vigentes, rompió el precepto de la abstinencia. Esto ocurría, según los cronico­nes, en el atrio del oratorio de Sant Nicolauet, a la sazón todavía al borde del mar, en Porto Pi.
No era cosa, sin embargo, de dejar en manos de un rey ciego la empresa de conquistar territorios moros en nombre de la santa cruz. El riesgo era demasiado y, es de suponer, esta circunstancia, unida al profundo arrepen-timiento de Al­fonso, motivaron que le fuera devuelta la vista mientras asis­tía, días después, a los oficios del día de Reyes en la inci­piente catedral palmesana.
Un nuevo prodigio debía obrarse aún por la persona del rey cuando, desembarcado con sus hombres en la isleta del puerto de Maó, conocida como illa del rei, era instado por sus nobles a solucionar, de alguna manera, el problema de la acuciante sed que padecía la tropa. Alfonso ordenó oraciones y ayuno general y, luego de recibir en sueños una revelación, hirió el suelo con su espada y, como un nuevo Moisés, alum­bró un copioso manantial del que bebieron, hasta saciarse, caballos y caballeros.
Así las cosas, imbuidos de un alto espíritu de victoria, Al­fonso y sus hombres decidieron no aguardar por más tiempo la llegada intermitente de las galeras, que una fuerte tor­menta había dispersado, y pasaron a tierra firme a la part de tramuntana, perçó, com es plana, podíam eixir millor que de la part de mitjorn qui tota es penya...
El 17 de enero de 1287, fiesta de San Antonio, se libraron en los alrededores de Maó cuatro feroces batallas que iban a decidir la suerte de la empresa. Si grande era el empeño de los moros por defender su propiedad menorquina, mayor era aún la acometividad de los cristianos, decididos a arreba­társela. Haciendo caso omiso de las disposiciones reales, con los hombres ya al borde del agota-miento, Berengario de Tor­namira les lanzó de nuevo al combate, aun a riesgo de con­vertirse en el blanco de las iras de Alfonso. Los gritos de ¡Sant Jordi! y ¡Sant Antoni! enardecían a los cristianos y -las crónicas se encargarían de confirmarlo- «los santos patronos no se dieron de vagar, constantemente, de sol a sol, visibles en el aire con su espada y su muleta, para alentar a sus huestes y espantar a los infieles».
De San Jorge sabíamos su afición por los hechos de armas y no es de extrañar su presencia. Pero, ciertamente, cuesta imaginar al beatífico San Antonio, anciano y renqueante, per­siguiendo moros a bastonazos, involucrado en el hecho por la circunstancia de ser el titular del día.
Los moros, arrollados sin remisión, huyeron hacia el nor­te a refugiarse en el castillo roquero de Santa Águeda, con las huestes invasoras pisándoles los talones. Allí resistieron, desesperadamente, hasta que, agotado su arsenal de armas arrojadizas, lanzaban a los sitiadores lo único contundente que poseían: los macizos panes de sus despensas.
La tradición es pródiga en relatos de escaramuzas, por ambos bandos, durante aquellos días. En una de ellas, los moros consiguieron retener en el castillo a una avanzadilla de cristianos, capitaneados por el contumaz San Jorge, mon­tado en su caballo blanco. Los moros, envalentonados por lo importante de aquella captura, se lanzaron con furia sobre el santo, decididos a poner fin de una vez a sus intervenciones. Se colgaron de las patas de su caballo, del cuello, de la cola, de los estribos, de donde podían, en fin, con el único objetivo de inmovilizarle. San Jorge, viéndose en apuros, clavó los es­polones en las ijadas del noble bruto que, desprendiéndose de los moros, saltó sobre los muros del castillo y fue a caer sobre una gran roca, en la ladera del monte, donde queda­ron impresas, para siempre, las marcas de sus herraduras.
La roca d'es cavall, con unas marcas extrañas en su lisa superficie, mantiene todavía el recuerdo del aterrizaje del santo guerrero.
La rendición llegó al fin, el 21 de enero. Los moros de­bieron pagar un elevado precio por seguir con vida. A aque­llos que nada tenían con qué responder, se les embarcó con destino a África, a donde no llegarían jamás. E los moros qui s'hich volían exir -cuentan despiadadamente las cróni­cas- e's recullían en las fustas del rey, feyan prest viatje, que en un jorn ne feyan dos e tres viatjes, car diuse que com eran a mitjan golf, llensávanlos en mar e tornavan per altre viatje.
Ninguna historia da razón de que, en estas crueles cir­cunstancias, se presentara ni San Jorge ni nadie, intercedien­do humanitariamente por los vencidos.

Fuente: Gabriel Sabrafin

092. Anonimo (balear-menorca)

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