Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 16 de junio de 2012

Caperucita roja .999

Todos en el lugar llamaban a la niña de rubias trenzas Caperucita Roja, porque siempre llevaba la capa de este color pues, siendo muy pequeña, su mamá se la hizo para preservarla del frío.
Una mañana, la mamá de Caperucita le dijo:
-Levántate, hija mía. Tu abuelita está enferma en su casita del bosque y tienes que ir a llevarle alimentos.
Y ya tenemos a la niña con su caperu­za puesta y su cestita al brazo, cruzando el bosque en dirección a casa de la abuela.
Iba la niña tranquila, gozando del per­fume de las flores y escuchando el can­to de los pájaros, cuando una brusca voz la sobresaltó:
-¿Cómo por aquí tan solita, Caperu­cita Roja?
La pequeña perdió el color al encontrar­se frente al temido Lobo, pero trató de disimular:
-Voy a casa de mi abuelita, que está enferma, a llevarle unas tortitas y una ja­rrita de miel.
-Eres una buena niña, Caperucita, pe­ro por este camino tan largo no llegarás nunca. ¿Ves aquella senda entre los abe­tos? Pues síguela y llegarás antes.
La niña agradeció al Lobo el consejo y siguió su camino por la extraviada sen­da. El astuto Lobo había conseguido en­gañarla y mientras daba tan gran rodeo, el feroz animal tomaba el atajo hacia ca­sa de la anciana.
Al rato, cansada, Caperucita se repetía:
-¿Cuándo, cuándo llegaré?

EN LA CASITA DEL BOSQUE

En Lobo levantó la pata y golpeó la puerta de la linda casa rodeada de flores rojas y azules:
-¡Toc... toc...!
-¿Quién es? -preguntó desde dentro la voz cariñosa de la abuela.
-Soy Caperucita Roja -contestó el Lobo tratando de afinar su voz.
-¡Qué alegría! -exclamó la anciana-. Levanta el picaporte y entra.
Con ojos desorbitados por el terror, la buena anciana descubrió quién era en realidad su visitante. Pero, haciendo aco­pio de todas sus fuerzas, saltó de la ca­ma y tuvo el tiempo justo de encerrarse por dentro en un fuerte armario.
-¡Bah! -despreció el Lobo-. Caperu­cita está al llegar y resultará un bocado más exquisito. Esperaré.
Siempre astuto, se puso un camisón y una cofia de la abuelita, que sacó de un cajón de la cómoda y se acostó.
Al rato, llamaron en la puerta:
- ¡Toc... toc...!
-¿Quién es? -preguntó el Lobo aflau­tando la voz.
-Soy tu nieta, Caperucita Roja.
-¡Qué alegría! Levanta el picaporte y entra...
¡La tragedia se avecinaba!

 EL VALIENTE CAZADOR

La niña, despacio, se acercó a la cama de la abuelita, maravillada del bulto que hacía bajo la colcha.
-¡Oh, abuelita, qué grande te veo! -dijo Caperucita, dejando la cesta sobre la mesita de noche.
-Seguramente habías olvidado que soy muy mayor -respondió el astuto ani­mal, ya relamiéndose de gusto.
-¡Ay, que ojos más grandes tienes!
-Son para verte mejor.
-¡Oh, abuelita, qué grandes son tus orejas!
-Son para oírte mejor, querida niña.
-¡Oh, abuelita, qué grande es tu nariz!
-Es para olerte mejor, paloma mía.
Y ya, aterrada, temblorosa, Caperuci­ta casi gritó:
-¡Oh, abuelita, qué boca más grande tienes!
-Para devorarte mejor..., preciosa.
De un salto, el Lobo se tiró de la cama. Y Caperucita Roja empezó a correr por la casa, dando vueltas y más vueltas para confundir a su enemigo, mientras grita­ba con todas sus fuerzas.
Quiso el azar que un cazador, con su escopeta al hombro, pasara cerca y oye­ra los gritos y asomándose a la ventana, gritó:
-¿Quién pide socorro? ¿Qué sucede ahí?
El miedo apresó también al Lobo que, desistiendo de tan suculento banquete, escapó de la casa a todo correr. Pero el cazador, con la escopeta, le lanzó una descarga de perdigones que recibió el Lo­bo donde más podía dolerle. Y, desde aquel día, se cuidó mucho de perseguir a las niñas y de asustar abuelitas.
Abuela y nieta pudieron abrazarse, fe­lices y contentas, de haber escapado de tan terrible peligro.

999. anonimo

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