Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 26 de mayo de 2012

Jack y la mata de habas

Hubo en otro tiempo una pobre mujer viuda que tenía un solo hijo varón. Era un muchacho llamado Jack y, a pesar de que ya contaba dieciséis años, siempre se mostró perezoso, aturdido y de tal modo distraído que jamás se podía obtener cosa alguna de él. Todo lo que le mandaban lo hacía al revés o no lo llevaba a cabo, según el humor de aquel momento, y así su pobre madre estaba desesperada y no sabía qué hacer con él. Era tan pobre la madre de Jack que, con su hijo, sólo se mantenía gracias a una vaca que poseía y cuya leche iba a vender todos los días al mercado. Pero, un buen día, la vaca no le dio leche y, entonces, en aquella pobre casa empezó a conocerse la verdadera miseria. Desesperada la madre al ver a su hijo tan holgazán, empezó a dirigirle amargas reconvenciones y fuertes reprensiones. Él se defendió lo mejor que pudo y supo y como, en definitiva, no era tonto, encontró, en el acto, el modo de salir de sus apuros inmediatos, aunque, para ello, se comprometiese el porvenir suyo y de su propia madre y aconsejó a esta última que se resolviese a vender la vaca en el mercado, en la certeza de que así obtendría una buena cantidad que les permitiría salir de sus dificultades.
La madre no quiso hablar siquiera de eso, porque se dio cuenta de las consecuencias. Pero como la vaca siguiera sin dar leche y aumentara el hambre que sentían madre e hijo, al fin no tuvo más remedio que aceptar el consejo de Jack, porque, en realidad, no les quedaba otro recurso.
Así, pues, encargó a su hijo que tomara el animal y lo llevase al mercado, advirtiéndole también que se esforzara en obtener por la vaca el precio más alto posible, porque de este modo, podrían vivir unos días más.
Prometió Jack vender muy bien la vaca y emprendió el camino con ella en dirección al pueblo donde se celebraba el mercado.
Cuando llevaba ya una hora de camino, el muchacho encontró a un viejo buhonero, el cual le preguntó adónde llevaba la vaca. Jack le contestó que se proponía venderla en el mercado.
Los dos iban andando uno al lado del otro y, mientras charlaban para entretener la monotonía del camino, el buhonero mostró a Jack unas habas que llevaba en un pote de vidrio y que tenían la particularidad de ser muy brillantes y de distintos colores. A Jack le llamaron la atención de tal manera que su compañero de viaje creyó que aquel interés le ofrecía la posibilidad de hacer un buen negocio. Por consiguiente se dirigió al muchacho y le propuso cederle aquellas habas a cambio de la vaca que llevaba al mercado.
Jack tuvo en cuenta lo que ocurriría cuando llegara a su casa y mostrase a su madre las habas que le ofrecía el buhonero. Pero estaba tan deseoso de poseerlas que, sin hacer caso de nada más, aceptó el cambio y por la vaca recibió el pote de vidrio que contenía aquellas habas maravillosas. Y, persuadido de que había hecho un buen negocio, se despidió del buhonero y emprendió el regreso a su morada.
A medida que estaba más cerca de ella disminuía la rapidez de su paso, por temor de lo que pudiera decirle su madre, pero, al fin, se resolvió a entrar en la vivienda y cuando la pobre mujer, extrañada de su rápido regreso, le preguntó qué precio había obtenido por la venta de la vaca, él le mostró el pote de vidrio donde estaban encerradas aquellas habas maravillosas.
Excusado es decir cuál fué el disgusto y la cólera de la pobre mujer que de tal manera veía frustradas las esperanzas que pusiera en la venta de la vaca. Luego se dejó arrebatar por la cólera y, arrebatando el pote de vidrio que tenía su hijo en la mano lo arrojó al huerto a través de la ventana, al mismo tiempo que exclamaba:
-¡Maldito seas tú y las habas! Con tu estupidez y tu pereza serás la causa de mi muerte.
Y se cubrió la cara con el delantal, para ocultar su amargo llanto.
Jack estaba muy apenado y empezaba a creer que, en resumidas cuentas, había hecho un mal negocio. Se acercó a su madre para consolarla y la pobre mujer, haciendo un esfuerzo sobre sí misma, acabó serenándose, persuadida de que Dios no los abandonaría. Pero, sin embargo, aquella noche los dos tuvieron que acostarse sin cenar.
Es de advertir que cuando la madre arrojó al huerto el pote de vidrio que contenía las habas, se rompió el recipiente y éstas quedaron diseminadas por el suelo. Y, así, cuando, a la mañana siguiente, se despertó Jack, pudo notar que había algo ante la ventana de su cuarto que interceptaba el paso de la luz. Era algo verde que no pudo distinguir muy bien. Después de vestirse rápidamente, bajó al huerto y, una vez allí, vio que algunas de las habas habían germinado echando raíces y desarrollando un tallo, pero éste era de proporciones fenomenales, porque no solamente su grueso era muy superior a cuanto se había visto en el mundo, sino que su altura no se podía juzgar, porque el extremo superior llegaba a perderse en las nubes.
A Jack le molestaba mucho el trabajo regular y metódico. Pero, en cambio, era muy aficionado a las aventuras y a realizar enormes esfuerzos cuando se lo aconsejaba su capricho. Así, pues, se le ocurrió la idea de encaramarse por aquel tallo de la mata de habas para llegar a su parte superior. Desde luego era verosímil que allí no tuviera nada que hacer y que su ascensión no le sirviera de nada, pero no se entretuvo reflexionando de este modo y empezó a encaramarse. La ascensión duró algunas horas y el muchacho empezaba a estar fatigado, pero, como ya había empezado a subir, creyó que valdría la pena de alcanzar la parte superior. Continuó, pues, su esfuerzo, subiendo más y más, y, por último, llegó a la parte superior del tallo ya sin fuerzas. Se asió con todo su vigor para no caerse, diciéndose que las consecuencias podrían ser trágicas y dirigió una mirada a su alrededor, figurándose que se vería entre las nubes, pero, con gran sorpresa por su parte, pudo observar que se encontraba en un país desconocido y, al parecer, absolutamente desierto.
Aquello era maravilloso e inexplicable a la vez. Pero Jack no se entretuvo en imaginar cómo podía haber ocurrido aquel suceso tan raro. Observando que tenía manera fácil de saltar a tierra firme, soltó el tallo de la mata de habas y empezó a andar sin dirección fija y con la esperanza de encontrar algún lugar donde pudiera comer y beber algo, porque el hambre y la sed le molestaban en extremo. Pero aquel país parecía desierto en absoluto, de modo que el muchacho anduvo toda la mañana y durante toda la tarde hasta que empezó a obscurecer. Entonces, y cuando ya no tenía esperanzas de que tal cosa ocurriese, descubrió una casa muy grande. A la puerta vio a una mujer de aspecto bondadoso. Animado por su aspecto se acercó a ella y, con humildes palabras, le pidió que le diese algo de comer y le permitiese pasar la noche en su casa, porque había estado andando todo el día sin probar bocado. Ella le contestó que le parecía extraordinario el hecho de que un ser humano se hallara en las cercanías de su casa, porque, como sabía muy bien todo el mundo, su marido era un gigante enorme que tenía la mala costumbre de alimentarse de carne humana. Para satisfacer ese vicio todos los días había de caminar cincuenta millas y sólo volvía al anochecer después de haber terminado su cacería.
Jack se quedó asustadísimo al oír tales palabras, pero había llegado realmente al límite de sus fuerzas y su cansancio le hizo abrigar la esperanza de que podría pasar inadvertido a los ojos del gigante. Suplicó, pues, a la buena mujer que le permitiese entrar en la casa y ocultarse en cualquier rincón. Y ella, que era muy bondadosa, se compadeció del muchacho y consintió en acceder a su petición.
Hizo entrar a Jack y le dio de comer en abundancia. El muchacho satisfizo el hambre enorme que sentía y empezó a decirse que los peligros anunciados por la dueña de la casa serían tal vez exagerados, cuando, de repente, oyó un golpe espantoso en la puerta y pudo notar que todas las paredes retem-blaban.
-Ya está aquí mi marido -exclamó la dueña de la casa muy asustada. Si te ve nos devorará a los dos. ¿Qué haremos, Dios mío?
-Escondedme en el horno -contestó Jack.
Y él mismo se apresuró a ocultarse allí y desde aquel lugar, pudo oír perfectamente la sonora voz del gigante y sus fuertes pasos cuando entraba en la casa preguntando:
-¿Quién está aquí, mujer? Siento perfectamente olor de carne humana. Y, si no me engaño...
-No digas tonterías -contestó ella. Aquí no hay nadie ni ha venido nadie en todo el día. Sin duda el hambre te hace imaginar cosas raras.
El gigante dio unos gruñidos, sin acabar de convencerse de que fuese verdad lo que le decía su mujer y Jack, desde su escondrijo, y gracias a una rendija que había en la puerta del horno, pudo contemplar al gigante y fue testigo de la enorme cantidad de carne que devoraba.
Después de haber comido, el gigante llamó a su mujer y le ordenó que le llevase su gallina. Obedeció la esposa y a los pocos instantes dejó sobre la mesa una hermosa gallina. El gigante la acarició con una mano y luego le ordenó que pusiera un huevo.
En el acto la gallina puso un huevo de oro macizo. Lo examinó el gigante muy complacido y luego le ordenó que pusiera otro. Continuó de esta manera hasta que la gallina hubo puesto seis huevos de oro. Luego, y tal vez porque sentía sueño, ordenó a su mujer que se acostara, llevándose antes la gallina y él se apoyó sobre la mesa y empezó a dormir y a roncar.
Jack, desde su escondrijo, observaba la escena y, cuando vio que el gigante estaba profundamente dormido, salió, se apoderó de la gallina, porque ya se había fijado en el lugar en que la dejara la dueña de la casa., y emprendió la fuga con el volátil. Una vez en el exterior siguió a la inversa el camino que llevara el día anterior y descubriendo, al fin, el extremo superior de la mata de habas, emprendió el descenso que fue más rápido que la subida, sin que le ocurriese ningún percance.
Su madre lo recibió con el mayor afecto, porque había estado muy alarmada a causa de su ausencia inexplicable. El muchacho le dio cuenta rápidamente de sus aventuras y, mostrándole la gallina que llevaba, exclamó:
-Ya se ha acabado nuestra pobreza, madre. En adelante no tendremos más apuros. Mira.
Y, acariciando la gallina, le ordenó que pusiera un huevo. Con grande admiración de la pobre mujer obedeció el volátil poniendo un huevo de oro y el muchacho repitió la orden hasta que hubo puesto una docena en conjunto. Era una gallina maravillosa y, verdaderamente, ponía unos huevos macizos de oro puro magníficos.
Como ya se puede imaginar, la venta de aquellos huevos proporcionó a la madre y al hijo toda clase de comodidades, de modo que transcurrieron varios meses de vida grata y apacible, porque no carecían de nada. Pero Jack no estaba contento. Sentía el impulso incontenible de subir otra vez por la mata de habas y volver a casa del gigante, con objeto de quitarle alguna cosa más de las que tuviera. No sentía ningún remordimiento, porque aquel ser fabuloso era malvado y aun merecía el calificativo de asesino. Pero se abstuvo de comunicar su deseo a su madre, con objeto de que ella no le impidiera realizarlo.
Así, algún tiempo después, sin decir nada a su madre, se preparó para la aventura que iba a intentar y emprendió de nuevo la ascensión de la mata de habas, que, mientras tanto, se había desarrollado mucho más todavía. El muchacho se había provisto de un traje especial para disfrazarse y también llevaba consigo un pote de color que le permitiría cambiar el de la tez de su rostro. Y tenía la seguridad de que, así disfrazado, nadie lo reconocería.
Como la primera vez, la ascensión le pareció muy larga y penosa. Al llegar al extremo superior estaba fatigadísimo. Sin embargo, no se detuvo un instante para descansar y emprendió la marcha en dirección a la casa del gigante.
Como la primera vez llegó cuando el sol estaba a punto de ponerse, y también como entonces vio a la puerta de la casa a la mujer del gigante, y seguro de que no podría reconocerlo, se dirigió a ella, rogándole que le diese algo para calmar el hambre y le permitiera guarecerse en aquella casa hasta la mañana siguiente.
Ella no reconoció a Jack. Lo tomó por un desconocido y le dijo, según el muchacho sabía muy bien, que su marido era un terrible gigante que se alimentaba de carne humana. Además le contó que hacía algún tiempo tuvo la debilidad de admitir en su casa a un muchacho hambriento y fatigado, y que le dio de comer y el permiso de pasar la noche en la casa, pero él, en agradecimiento, robó uno de los tesoros más preciados del gigante. Y este suceso fue la causa de que su marido se mostrara desde entonces más cruel y más huraño que nunca. Por esta razón no se atrevía a acceder a lo que solicitaba el muchacho. Pero Jack no se dio por vencido y suplicó una y otra vez, con tanto ahínco que, al cabo, consiguió convencer a la dueña de la casa. Ella, dando un suspiro de resignación, lo dejó entrar, lo llevó a la cocina y le dio de comer y de beber en abundancia. En cuanto el muchacho hubo satisfecho el hambre y la sed, la dueña de la casa lo ocultó en una habitación de la planta baja, donde se guardaban algunos trastos viejos.
Apenas lo hubo hecho cuando se oyeron en el exterior los pasos del gigante que se aproximaba rápidamente, haciendo retemblar el suelo y luego resonó en la puerta un enorme aldabonazo. La mujer fue a abrir y, unos momentos después, entraba el dueño de la casa haciendo estremecer todo el edificio con el peso de su cuerpo. Se sentó al lado del fuego y, como la vez primera, exclamó:
-¿Quién ha venido aquí? Siento intenso olor de carne humana. ¿Qué es eso, mujer? ¿Dónde esta escondido ese hombre?
La mujer le contestó que se engañaba. Sólo obedecía a que, pocas horas antes, pasaron unos cuervos volando por encima de la casa y dejaron caer sobre el tejado un pedazo de carroña. Y aseguró a su marido que no había ido nadie durante todo el día y que, si persistía en asegurar que olía a carne humana, se engañaba con toda seguridad.
Mientras hablaba así se ocupaba en preparar la cena. El gigante se sentó a la mesa, gruñendo malhumorado. Y, de vez en cuando, dirigía reconvenciones a su mujer, porque aún no tema preparada la cena.
Ella lo calmó lo mejor que pudo y, por fin, empezó a servirle los platos que le había preparado. El gigante comía a toda prisa y con extraordinaria voracidad. Pero, como todo acaba en este mundo, también él satisfizo por fin el hambre que sentía y, rechazando el plato, dio un puñetazo sobre la mesa, ordenando al mismo tiempo:
-Tráeme las talegas del dinero.
Su mujer se las entregó y, a juzgar por su actitud, bien se veía que pesaban mucho. Eran dos. Una de ellas estaba llena de libras esterlinas y la otra de chelines de plata. La mujer vació las dos talegas sobre la mesa y el gigante, en extremo complacido, empezó a contar las monedas, después de haber ordenado a su mujer que se acostara.
Ella obedeció sin rechistar y Jack, desde su escondite, fue testigo de cómo el gigante se ocupaba en contar una enorme cantidad de monedas. Le pareció que sería muy conveniente apoderarse de ellas, porque, de esta manera, ya no habría de molestarse yendo con frecuencia al mercado a vender los huevos de oro. El gigante, que no sospechaba la presencia del muchacho, contó varias veces las monedas de oro y de plata y las guardó luego en sus talegas respectivas. Y, una vez las hubo atado, las dejó a los pies de la poltrona que ocupaba y al lado de un perrito, cuya misión consistía en guardarlas.
El gigante apoyó la cabeza en la mesa, se durmió y empezó a roncar de un modo espantoso. Aquel ruido era más que suficiente para que no se pudiera oír el que hiciese Jack al salir de su escondrijo. Así lo hizo el muchacho, deseoso de apoderarse de las dos talegas de dinero. Pero apenas había dirigido las manos a ella cuando el perrito, que él no había visto y que se hallaba debajo de la silla de su amo, salió para ladrar, muy irritado. Jack se asustó de tal manera que ni siquiera se le ocurrió emprender la fuga; se quedó inmóvil y persuadido de que el gigante iba a despertar de un momento a otro.
Pero no ocurrió así, porque el gigante continuaba dormido sin que fuesen los ladridos del perro capaces de despertarlo.
Jack vio entonces que en uno de los platos que estaba sobre la mesa había quedado un pedazo de carne. Lo tomó y se lo arrojó al perro, el cual interrumpió sus ladridos y empezó a comer.
Jack, mientras tanto, tomó las talegas y salió de la casa. Luego echó a correr hasta que hubo llegado hasta el extremo superior de la mata de habas por la que se deslizó rápidamente. Y, al llegar al pie, encontró a su madre que, muy inquieta, lo estaba aguardando y que manifestó la mayor alegría al verlo. Él le dio cuenta, de las aventuras que había corrido y le mostró las dos talegas llenas de dinero.
Durante largo tiempo no tuvo Jack ninguna necesidad ni sintió el capricho de encaramarse de nuevo por la mata de habas. Pero, en cuanto hubo transcurrido un año, tuvo otra vez el deseo de volver a la casa del gigante, para ver si aún podría quitarle algo más. Durante algún tiempo se contuvo, pero, de día en día, sintió aumentar la intensidad de aquel capricho y, por último, comprendió que no tendría más remedio que cumplirlo. Hizo, pues, los preparativos y se procuró un nuevo disfraz para no ser reconocido.
En cuanto lo tuvo todo preparado, se levantó una mañana muy temprano y empezó a subir por la mata de habas. Cuando el sol iba a ponerse, llegó a la casa del gigante y, como en las dos ocasiones anteriores, encontró a la dueña, de la casa en la puerta. Pero él iba tan bien disfrazado que la esposa del gigante no pudo reconocerlo. Él le suplicó que le diese de comer y le concediera albergue en la casa y, por respuesta, su interlocutora le dio cuenta de lo que había ocurrido en dos ocasiones anteriores, en las que se compadeció de dos muchachos que llegaron también hambrientos y fatigados. Después de haberlos acogido y alimentado, ellos le pagaron con la mayor ingratitud y arrebataron al gigante dos de sus más preciados tesoros. Pero Jack insistió tanto y tan bien que, al cabo, la dueña de la casa, que era una mujer muy buena, acabó accediendo.
Y sucedió lo mismo que las dos veces anteriores. Llegó el gigante, preguntó si había algún forastero en la casa, y su mujer le aseguró que no. Luego él pidió la cena, se hartó y, después de haber calmado el hambre, mandó a su mujer que le llevase el arpa.
Jack se había ocultado dentro de un caldero muy grande y, levantando ligeramente la tapa podía observar lo que ocurría en la estancia, Vio, pues, cómo la dueña de la casa ponía un arpa en las manos del gigante. Éste la dejó sobre la mesa, le ordenó que tocara y, en el acto, se oyó una música dulcísima y en extremo agradable.
Al oír aquellos acordes, el gigante se quedó dormido. Jack esperó un rato y, en cuanto creyó que no había peligro, levantó la tapa del caldero, salió, se apoderó del arpa y echó a correr. Pero no contó con que el arpa era un instrumento encantado, de manera que, al sentir el contacto de unas manos extrañas, empezó a gritar, pidiendo socorro, como si fuese una persona.
El gigante se despertó y se puso en pie de un salto. Al ver a Jack que emprendía la fuga, empezó a gritar insultándole y echó a correr tras él.
-¡Sinvergüenza! ¡Granuja! -exclamaba-. Vas a ver, si te cojo, cuál será tu fin.
Pero Jack seguía corriendo y pudo notar, con satisfacción, que su agilidad era mucho mayor que la del gigante. A todo correr llegó hasta el extremo superior de la mata de habas y se deslizó por el tallo, en tanto que el arpa seguía pidiendo socorro a su amo.
Jack bajaba a toda prisa y el gigante no titubeó un momento en seguirlo por el mismo camino, pero sus movimientos eran mucho más torpes y lentos y, así, el muchacho consiguió llegar al suelo cuando el otro apenas se hallaba a la mitad de su descenso.
-¡Madre, madre! -exclamó el muchacho en cuanto hubo tocado el suelo con sus pies-. Tráeme un hacha, ¡de prisa!
Desde luego no había tiempo que perder. La madre, que adivinó lo que estaba sucediendo, se apresuró a ir en busca del hacha y la entregó a su hijo. Éste empuñó el instrumento y empezó a atacar la base del tallo de la mata de habas, de modo que, a los pocos instantes, cayó derribada la planta, arrastrando consigo al gigante, que aún se hallaba a gran altura sobre el suelo y se destrozó al chocar contra él, de modo que su muerte fue instantánea.
A partir de aquel momento la madre y el hijo pudieron vivir contentos y satisfechos y sin que les faltase nada para llevar una existencia cómoda y agradable. Jack, que disfrutaba ya de una posición económica envidiable, contrajo al poco tiempo matrimonio con una rica heredera de las cercanías y debemos añadir, en su honor, que, en adelante, fue un buen hijo y un buen esposo. Tuvo muchos hijos y fue siempre muy apreciado.
En cuanto a la mata de habas, al ser cortada, se secó por completo, se estropearon sus frutos y no fue posible conservar una sola simiente. Y esto es una lástima, porque quién sabe si, gracias a una de ellas, habríamos podido emprender la ascensión hasta la casa del gigante, donde quizá queden todavía algunos tesoros maravillosos.

021. anonimo (gran bretaña)

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