Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

8-2-2015 a las 21:47:50 10.000 relatos y 10.000 recetas

10.001 relatos en tiocarlosproducciones

10.001 recetas en mundi-recetasdelabelasilvia

Translate

martes, 29 de mayo de 2012

El engaño de las kallfürray [1]

que sus artes sobrenaturales son capaces de provocar en los humanos. Pero, a veces, los engaños de los seres mágicos no son tan sólo formas de obtener beneficios o simplemente molestar a la gente de la tierra, sino expresiones de necesidades y penas que también ellos padecen. Así lo testimonia esta antigua historia coihuecana[2].
En un caserío del bosque vivía un muchacho al que habían recogido siendo niño a la orilla de un pantano. Nunca supieron su origen ni quiénes podían haber sido sus padres o por qué lo habían abandonado. La familia que lo halló lo adoptó como a un hijo más, y le puso por nombre Calfumil[3], debido a los reflejos brillantes de su cabello bajo la luz del sol o de la luna.
Calfumil tenía ya 15 años cuando comenzó esta extraña his­toria. Una mañana, cuando su madre adoptiva lo fue a despertar como todos los días, halló en el lecho de Calfumil, junto a su ca­beza, una kalfürray, una flor azul. Esto se repitió por siete días seguidos. Pero no era todo. Además, cada noche la madre oía un espantoso lamento proveniente del lecho de Calfumil, pero cuando corría a ver que sucedía con el muchacho, el lamento ya no parecía sonar allí sino que entraba por la ventana, como proveniente de la zona pantanosa del bosque. En realidad, la madre comprobó esto sólo una vez, porque las noches siguientes ni ella ni su marido ni aun su fuerte hijo mayor quisieron volver a acercarse al lecho del muchacho cuando oían ese aterrador lamento.
Al atardecer del séptimo día, es decir, luego de haber hallado la séptima flor en la cabecera de Calfumil, la preocupada mujer hizo venir a una machi de más allá de Chillán, porque además de los extraños sucesos, lo peor era que el muchacho, aunque de ánimo tan agradable como siempre, parecía haberse debilitado mucho en esos días, y de hecho había perdido peso a ojos vista y los huesos pugnaban por salirse de su piel. Era evidente que algo muy malo le sucedía.
La machi ‑que se llamaba Kintukewun[4] como su madre y la madre de su madre y así por generaciones hacia el principio de los tiempos‑ pidió que no se dijera nada acerca de su presencia. Pasó la tarde con otra familia, y a la noche, cuando le avisaron que Calfumil ya se había dormido, fue hasta la casa y se acuclilló al pie de la ventana del muchacho. No llevaba más elementos que su pifilka[5]: ni siquiera su junllu. No los necesitaba porque no iba a realizar ninguna ceremonia: simplemente iba a entrar en trance para hacerse invisible escondiéndose en la música de su pifilka. Éste era un arte que muy pocas machi conocían ya que provenía de los chamanes incas, con quienes la gente de la tierra no había tenido contacto desde hacía siglos. Pero se trataba de un secreto que había pasado de generación en generación a partir de una lejana antepasada de Kintukewun.
La machi hizo sonar su instrumento de una manera tal que ningún oído humano podía percibir las agudísimas notas, y comenzó a diluirse en el aire hasta desaparecer de la vista de los hombres o los animales. Y esperó.
La luna iba muy lenta, paso a paso, en busca del agua solar en la que cada madrugada se sumergía luego de su trayecto por el cielo nocturno. Pero antes de que esto sucediera, Kintukewun pudo oír el lamento del que le había hablado la madre de Calfumil. Sin embargo, no provenía del lecho del muchacho ni de la lejanía, sino que parecía venir de todas las direcciones a la vez. Allí hacia donde mirara, de allí se oía el lamento. Si miraba hacia el muchacho dormido, no había duda de que el lamento sonaba ahí. Si giraba su vista hacia la entrada del bosque, ahí sonaba. Aun desde el cielo oscuro parecía provenir, con que sólo Kintukewun mirase hacia arriba.
La machi comprendió enseguida que ese lamento no debía ser escuchado, porque no era ninguna otra cosa más que un intento de distraer y asustar a quien pudiese estar, como ella, esa noche, vigilando al muchacho e intentando saber qué estaba sucediendo. No en vano Kintukewun provenía de una ancestral estirpe de hechiceras y sacerdotisas mágicas: difícilmente pudiera caer en los engaños de los seres sobrenaturales.
Siguió haciendo sonar su pifilka y observando serenamente desde su refugio de invisibilidad. Y muy pronto la espera dio frutos.
Volando con grandes aleteos de sus enormes orejas, que sin embargo por momentos parecían no bastar para transportar su gran cabeza, desde lo alto de los árboles del bosque una chon-chon[6] venía hacia la ventana de Calfumil.
Kintukewun confirmó lo que sospechaba. El lamento que los humanos como la madre de Calfumil oían era falso, un engaño para que no se oyera el graznido característico de la chon-chon acercándose: el grito que anuncia la muerte de alguien. Ahora bien, ¿por qué la chon‑chon no quería que se oyera este fúnebre aviso? Kintukewun supo que sólo debía esperar y observar, y la situación terminaría por revelársele sola.
La chon‑chon aterrizó frente a la ventana tras la cual dormía Calfumil. Se quedó un momento allí, inmóvil, y lo que más extrañó a su observadora invisible fue que la chon-chon intentaba con todas sus fuerzas evitar emitir su grito macabro. Esto no es posible, ya que no es una decisión de la chon-chon el emitirlo. Pero ésta intentaba que su graznido fuera lo menos sonoro posible. Enseguida, Kintukewun vio que la chon‑chon sacaba su larga y horrenda lengua, sobre la que se posaba delicadamente una de las bellas flores azules que habían estado apareciendo junto al joven dormido. De este modo la chon‑chon volvió a depositar esa kalfürray junto a Calfumil, y enseguida recogió su lengua como un latigazo, se volvió en dirección al bosque y salió volando con sus gigantescas y deformadas orejas en dirección a los pantanos del bosque.
Muy intrigada, Kintukewun salió volando detrás de la chon-chon (una machi en estado de música puede trasladarse por los aires a la misma velocidad que las notas de su pifilka o el batir de su kultrum[7]). La siguió hasta uno de los pantanos más inaccesibles de esa parte del bosque. Esperó que la chon‑chon realizara los trabajos para recuperar su forma humana (porque, sin duda, se trataba de una bruja). Pero pasó mucho tiempo, la luna ya estaba a punto de abandonar el cielo, y la chon‑chon permanecía igual...
Entonces la machi decidió presentarse ante aquel extraño ser, y así lo hizo. Y la increpó muy duramente por sus actividades nocturnas en relación al pobre joven Calfumil (Kintukewun no tenía idea acerca de cuáles eran las actividades ni las intenciones de la chon‑chon respecto del muchacho, pero sí sabía que siempre es bueno tomar la iniciativa frente a estos generalmente imprevisibles seres sobrenaturales). Ante su sorpresa, la chon-chon comenzó a plañir casi como si estuviera en su forma humana. Y más sorprendente aún fue cuando comenzó a confesar su verdad a la machi. Kintukewun se enteró así de la increíble historia de esa chon‑chon que, en efecto, alguna vez había sido una mujer humana, una madre, y que de algún modo mantenía aún este último instinto.
En su etapa humana, este ser había vivido con un marido en el campo, sin mayores problemas, junto al pequeño hijo de ambos. Pero ni su marido ni nadie de ambas familias sabía que ella era una bruja. Y de las buenas: había logrado preparar por sí misma las cremas secretas que le permitían convertirse en chon-chon o en el animal que ella quisiera. Así, cada noche realizaba el rito correspondiente y se untaba las cremas mágicas, saliendo luego a deambular por los campos. Regresaba al amanecer, para volver a aplicarse sus ungüentos y recobrar la forma de madre.
Pero una vez sucedió que su pequeño hijo, sin que ella lo advirtiera, la vio ponerse esas extrañas cremas, y entonces, imitando a su madre como habitualmente hacen los niños, se untó a su vez con las cremas y se transformó en una pequena oveja negra. Pero por supuesto que cuando quiso volver a ser un niño no supo cómo lograrlo, y se echó a llorar desconsola-damente, muy asustado, con lo que despertó a su padre que dormía desprevenidamente.
El padre se sorprendió mucho al ver a ese animalito que lloraba y le pedía ayuda como si se tratara de un pequeño niño. Y mucho se desconcertó también al comprobar que su esposa no estaba durmiendo en la casa junto a él. Pensó que la mujer se habría ido llevándose al niño a alguna parte y por alguna inexplicable razón. Pero entonces vio las cremas que el niño‑oveja negra había dejado tiradas por el suelo y, no sin angustia, comenzó a imaginar la terrible posibilidad de que en esas sustancias estuviera el secreto de lo que sucedía. Como todo lugareño, conocía mucho acerca de las historias que se venían transmitiendo desde los ancestros más remotos.
Tomó la extraña sustancia, y encomendándose en un repetitivo rezo a la asistencia de las almas de sus mayores, comenzó a frotar el cuerpo de la sollozante ovejita negra, que en poco tiempo sufrió una transformación que impresionó pero también alegró mucho al valiente hombre: su pequeño hijo estaba otra vez frente a sus ojos.
El hombre, entonces, hizo un pozo detrás de su casa y quemó allí dentro los ungüentos. Puso luego una rogativa sobre las cenizas, para que ningún espíritu pudiera acercarse jamás a ese lugar. Luego se fue a dormir abrazado a su pequeño.
La mujer regresó a su casa al amanecer y, alarmada, comenzó a buscar sus cremas por todas partes. Al no poder hallarlas quedó convertida para siempre en una chon-chon, ya que en ese estado no era capaz de preparar la sustancia mágica y nadie podía hacerlo por ella.
Se retiró a los pantanos, arrastrando algo que ahora se había convertido de repente en una condena: estaba embarazada, esperaba otro niño de su marido. Así nació el misterioso niño que hallaron una vez en el pantano, y fue la misma chon‑chon quien se ocupó de que alguien lo encontrara para que el niño tuviera una oportunidad de sobrevivir.
Pasaron quince años, y la chon‑chon se vio impulsada una noche, ante su propio horror, a ir a graznar ante esa ventana tras la cual sabía que estaba su hijo, ese muchacho que ahora se llamaba Calfumil y al cual ella, durante todos esos años, había visto crecer sin acercarse nunca a él. Pero su destino de chon-chon le marcaba ahora que ese muchacho estaba a punto de morir. Por eso ella iba cada noche a dejarle una flor azul, tratando de demorar todo lo que fuera posible el terrible momento. Por eso trataba de que los lugareños se atemorizaran con esos extraños lamentos sin procedencia y que así no oyeran sus graznidos, para que no supieran que Calfumil debía morir.
Apiadada de la triste historia, Kintukewun preguntó a la chonchon de dónde sacaba esas flores tan raras y por qué las llevaba al lecho de su hijo. La chon­chon le dijo que eran flores del pantano, que habían nacido del barro mezclado con los líquidos que naturalmente se produjeron en el momento del parto de aquel niño, y que por esa razón simbolizaban la vida para Calfumil, aunque ella en su estado de chon‑chon ya no tuviera la sabiduría para usarlas de alguna manera mágica que salvase al muchacho.
La chon‑chon no sabía que se encontraba frente a una machi muy especial, capaz de lograr cosas que a otras mujeres mágicas les resultaban imposibles. Antes que nada, Kintukewun realizó küimin[8] para comprobar que aun alguien tan especial como ella no estaba siendo engañada por un espíritu maligno. Pero su trance le permitió comprobar que la historia de la chon‑chon era verdadera, y entonces decidió actuar.
Con flores azules del pantano realizó un mareupulawen[9] utilizando también sus propias hierbas secretas. A esto le agregó el liwe[10] extraído de la esencia de esas mismas flores. Y con esto regresó al caserío justo al amanecer, en el momento en que la madre adoptiva de Calfumil hallaba una nueva kalfürray en el lecho del muchacho, el cual esa mañana ya casi no podía levantarse por su debilidad.
Kintukewun pidió que la dejaran sola con Calfumil. Realizó su ceremonia de curación, lo imbuyó del mareupulawen y finalmente le practicó el fotrarün[11]. Antes del mediodía, el muchacho se veía tan sano como siempre había sido. Ni su madre adoptiva ni nadie en el caserío hubiera imaginado que en realidad, cuando la machi llegó ese amanecer, Calfumil estaba a apenas un suspiro de entregar su alma al Kullcheñniaiwe[12]. Si la machi no hubiera sido Kintukewun, quizá nunca hubieran podido volver a ver al joven con vida, ya que muy pocas tienen la sabiduría tan profunda como para actuar en ese preciso momento en que el alma se desprende y, mediante el poder del liwe expresado en las esencias del mareupulawen, producir un molngetun[13]. Kintukewun n¡ siquiera dijo a los lugareños que eso era lo que había sucedido. Y cuando le preguntaron si había podido conocer el significado de las flores azules, tampoco contó nada acerca de la verdadera historia y de los orígenes de Calfumil. Era una machi sabia en las cosas de la magia y de la vida, como debe serlo toda mujer de su clase. Y por eso sabía que la historia de la chon-chon y su hijo del pantano sucedió en otra vida y en otro mundo, y que Culfumil no era el hijo de una bruja condenada sino de aquella madre que lo había criado y que ahora, al convocar a Kintukewun, le había salvado la vida. No era de la chon‑chon sino de esta madre de la cual Kintukewun había sentido piedad al enterarse del origen de toda esta historia. Y fue a esta madre a la que Kintukewun le devolvió la vida de ese muchacho que jamás sabría qué vientre lo había traído a esta tierra, pero que ya nunca más sería hijo de quien lo alumbró sino de quien le dio su nombre. Porque al dar el nombre, al hacerse cargo de alguien dándole un nombre, es cuando realmente se produce un nacimiento.

Fuente: Néstor Barrón

066. anonimo (patagon)

[1] En mapudungun esta palabra significa "flor azul". El vocablo calfu ("azul") aparece a menudo en nombres de origen mapuche, como "Calfulén" (“bosque azul”) y en toponímicos, por ejemplo, el de la localidad de Calfuco (a 9 km al norte de Los Molinos, camino a Curiñanco, a unos 35 minutos del centro de Valdivia, en Chile).
[2] De Coihueco (municipio de la provincia de Ñuble, en la Octava Región chilena). En mapudungun este nombre significa "agua del árbol coihue", y a su vez el nombre de este árbol (el Nothofagus dombeyi) significa "árbol que crece en lugares de agua".
[3] En mapudungun este nombre significa “azul brillante" (véase nota 1).
[4] En mapudungun este nombre significa "mujer de experiencia, dotada del don del saber, del consejo y perfección, la que busca la sabiduría".
[5] Silbato o pequeña flauta. instrumento aerófono en el cual la profundidad del orificio determina la altura del sonido. Para mejorar la calidad del timbre y darle la afinación deseada se le suele introducir líquido. Además, este instrumento participa con su sonido en las sanaciones de la machi.
[6] Ser mitológico mapuche‑araucano. Una chon‑chon se presenta como una gran cabeza humana de la que nacen unas enormes orejas que usa a modo de alas para volar. Se sabe de su presencia al oírse su fatídico grito: "Chuén chuén", que indica que una persona va a morir (es notoria la coincidencia con otro ser mitológico pero de una cultura lejana y por completo ajena a los mapuches, como son los antiguos celtas: la banshee, que canta al pie de las ventanas de los moribundos). Se las considera como brujas que han desarrollado el secreto de volar, lo cual logran untándose ciertas cremas alrededor de la garganta, con lo que consiguen que la cabeza se desprenda del cuerpo y, tras la metamorfosis de las orejas, pueda salir a volar.
[7] Utilizado para rituales religiosos e inseparable de la figura de la machi, es el instrumento musical más importante en la cultura mapuche. Se trata de una especie de timbal de forma semiesférica, que se talla a partir de un trozo de madera de un árbol ‑habitualmente laurel o lenga‑ que fue talado en invierno para que no se parta, el cual se va ahuecando hasta darle la forma de una caja de resonancia de aproximadamente 40 cm de diárnetro por 15 cm de alto. En la boca de este casquete se ata un parche de cuero de carnero o de caballo, y se lo tensa con tientos atados al cuerpo del tambor. Sobre esta membrana de cuero del kultrum se pinta, en el caso de las machi, la "cruz compuesta" que es un símbolo básico de la religiosidad mapuche.
[8] Se dice así cuando la machi entra en trance extático.
[9] Remedio compuesto generalmente por doce hierbas, fórmula que cada machi recibe directamente de Nguenechen (Dios), por lo que más que una preparación herbórea exacta se trata de un remedio místico.
[10] Aliento vital, soplo de vida.
[11] Una de las técnicas para extraer el mal del cuerpo mediante la acción de chu­par las heridas o las zonas enfermas del paciente.
[12] Lugar al que van las almas de los muertos.
[13] En mapudungun esta palabra describe la acción de "resucitar".

No hay comentarios:

Publicar un comentario