Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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domingo, 27 de mayo de 2012

El destino de un príncipe

En cierta ocasión hubo un rey muy poderoso, cuyo corazón estaba sumido en tristeza profunda, a causa de no haber logrado tener ningún hijo. Sin cesar rogaba a los dioses que accediesen a su deseo, y tantas muestras dió de su piedad, de su bondad y de su sumisión a la voluntad divina, que los habitantes del Cielo decretaron que debía ser complacido.
De este modo la reina dio a luz a un hermoso niño, y cuando las Hathors llegaron para decidir acerca de su destino, dijeron:
‑Este príncipe está condenado a morir a causa de un cocodrilo, de una serpiente o de un perro.
Los que en aquel momento rodeaban la cuna del joven príncipe, se apresuraron a presentarse al rey con objeto de comunicarle lo que acababa de ocurrir, y, como es natural, aquella noticia sumió en profunda pena Y en grandes temores al monarca, que ya se veía amenazado por la pérdida de un hijo querido, casi en el mismo momento de haberlo obtenido,
Sin embargo, después de maduras reflexionos, dijose que tal vez su industria pudiese anular o retardar considerablemente la divina sentencia. Consultó con sus consejeros acerca del particular y, después de maduro examen, decidieron hacer construir un palacio en lo alto de las montañas, amueblarlo ricamente y dotarlo de cuanto se pudiera desear, con objeto de evitar la necesidad de que el príncipe tuviera que ser enviado al extranjero.
En hacer los preparativos se tardó algún tiempo y, mientras tanto, dióse en palacio la orden de vigilar con un cuidado exquisito a fin de que el príncipe niño no se viese amenazado por ninguno de los peligros profetizados. Y cuando, por último, quedó construído, amueblado y provisto el palacio destinado al príncipe, en la cima de una elevada montaña, por otra parte muy alejada de toda corriente de agua, se realizó el traslado del regio infante a su nueva morada, tomando para ello todas las precauciones que parecieron aconsejables.
El palacio quedó habitado por el príncipe, sus nodrizas, ayas, criados y guardianes. Habíase rodeado el edificio de una altísima muralla que ningún reptil ni perro alguno habrían podido franquear y, además, se ejercía en todas ocasiones la más exquisita vigilancia, para evitar la posibilidad de que, en un momento de descuido, penetrase en la principesca mansión alguno de los enemigos del hijo del rey.
El muchacho creció y se desarrolló en aquel magnífico palacio, cuidado y guardado celosamente por todos sus servidores, pero ignorando la razón de su encierro y los peligros que le amenazaban.
Cierto día y cuando ya había llegado a la adolescencia, salió a una de las azoteas del palacio y desde allí y a gran distancia, vio a un hombre seguido por un perro. Aquel extraño animal, que el príncipe desconocía por completo, fue causa de que éste se volviese hacia su ayo, preguntando:
‑¿Qué es eso que sigue al hombre que va por el camino?
El muchacho recibió la respuesta de que se trataba de un perro, y tanto se encaprichó por poseer uno, que se apresuró a pedirlo, a sus ayos y a hacerlo pedir al rey su padre. Sin embargo, nadie quiso satisfacer aquel deseo, mas fué tanta la tristeza del príncipe y de tal manera temían todos que una grave enfermedad se apoderase de él, que, por fin, el monarca resolvió acceder. Para ello mandó hacer las indagaciones necesarias y buscó un perrillo que casi acababa de nacer y procedente de unos padres mansos a más no poder. Acabó por hallar lo que buscaba y mandó el cachorro al castillo donde vivia su hijo, recomendando, por otra parte, que no se perdiese de vista, ni de día ni de noche, al animal, con objeto de que en ningún momento pudiese ser la causa de la muerte de su joven dueño.
Tan bien se cumplieron estas órdenes del monarca, que no hubo que lamentar cosa alguna acerca del particular. El muchacho siguió viviendo tranquilo y feliz en el castillo, cada día más aficionado a su fiel perro. Por fin, llegó a la edad varonil, y entonces su padre ordenó a los ayos comunicar al príncipe la profecía de las Hathors, con objeto de que, por sí mismo, pudiese guardarse en un caso de peligro.
El joven oyó, muy extrañado, aquella profecía; pero luego, impulsado por el ardor propio de su edad y por el deseo de ver mundo, se apresuró a enviar un mensaje a su padre quejándose de vivir prisionero y rogándole que, a pesar de haber sido condenado por el Destino, a una muerte más o menos temprana, él quería vivir y gozar de la libertad, puesto que, por otra parte, nada ni nadie sería capaz de oponerse a la voluntad de los dioses.
Tan prudentes palabras y, aquellas razones de llenas de lógica, convencieron al monarca de que debía acceder a los deseos de su hijo. Por consiguiente, dió la orden de que se le dejara en libertad, para que, en adelante, el príncipe pudiera vivir a su antojo. Diéronle armas y se le concedió el permiso de que su perro le acompañase. Sus ayos le llevaron ha­cia el este del país y, una vez allí, le dijeron:
‑Te dejamos en libertad de ir adonde prefieras, pero ten cuidado y recuerda siempre los peligros que te amenazan.
El joven tomó el camino del norte, seguido por su perro, aunque solamente se dejaba guiar por sus impulsos momentáneos. Vivía del producto de su caza por el desierto, y así continuó algún tiempo hasta, que, sin haberselo propuesto, llegó a presencia de un gran jefe, llamado Nahairana, quien solamente te­nía a una hija, para la cual había construido una casa altísima, de 70 codos [1] de altura y provista de otras tantas ventanas desde la planta baja.
Dió la casualidad de que cuando el príncipe llegó a la corte de aquel jefe, éste habla hecho llamar a todos los hijos de los jefes de Khalu, para decirles:
‑El que sea capaz de subir por la fachada de la casa y llegar hasta la ventana de la habitación que ocupa mi hija, la obtendrá en matrimonio.
Como ya hemos dicho, llegó el príncipe en aquella oportunidad y los servidores del jefe de Nahairana le hicieron entrar en el palacio y, por orden de su señor, lo trataron con la mayor bondad, tributándole los más grandes honores.
A la hora de la comida le preguntaron de donde procedía, y el joven, que deseaba ocultar su verdadera personalidad, les contestó:
‑Vengo de Egipto y soy hijo de un oficial de aquella tierra. Mi madre murió hace tiem­po y mi padre se ha casado con otra mujer, quien, en cuanto dió otro hijo a mi padre, empezó a odiarme. Por esta razón me vi obligado a abandonar mi casa y llevar una vida errante para huir de mi madrastra.
Estas palabras, así como también su bella presencia, le conquistaron el afecto de todos, que se apresuraron a tributarle su amistad abrazándole cariñosamente.
Al día siguiente el príncipe se enteró del original concurso dispuesto por su huésped y vió a los jóvenes que se disponian a encaramarse por la fachada de la casa en que se alojaba la princesa, con objeto de conquistar su mano. Movido por su valor y por el deseo de distinguirse, decidió tomar parte en aquella demostración de fuerza y habilidad. Y si al principio solamente se propuso alcanzar la ventana de la princesa por el honor de ser el primero entre los demás muchachos de su edad, en cuanto hubo visto desde lejos el hechicero rostro de la joven, se sintió enamorado de ella y se decidió, más aún, a intentar la difícil empresa.
Cuando llegó su vez, después de haber presenciado el fracaso de los más audaces, empezó a subir por la fachada del edificio, apoyando las manos y los pies en los antepechos de las ventanas y en todos los salientes de la construcción, y, al cabo de esfuerzos extraordinarios y de verse obligado varias veces a vencer los vahídos que le causaba la altura a que se hallaba, logró alcanzar la ventana de la hermosa joven.
Esta, que había contemplado su ascenso con mayor interés que el de sus competidores, dió un grito de júbilo al observar que había logrado llegar a la ventana de su habitación y, entusiasmada por aquella proeza, así como, también, alegre al pensar en la posibilidad de casarse con aquel hermoso joven, se apresuró a sostenerlo con sus brazos y a darle un beso en prenda de amor y de sumísión.
Luego, figurándose proporcionar una alegría a su padre, se apresuró a mandarle un mensajero diciéndole:
"Uno de los jóvenes competidores ha conseguido llegar a la ventana de la habitación de tu hija”.
El jefe se asombró en extremo al oír aquella noticia, porque no creía que alguien fuese capaz de llevar  a cabo la empresa, y luego se preguntó cuál, de entre los hijos de los jefes que había convocado, logró el triunfo, pero el mensajero le contestó que ninguno de ellos habla sido el victorioso, sino el fugitivo de Egipto, que llegara el dia anterior.
Tal noticia hizo encolerizar a Nahairana, y juró que su hija no podía estar destinada a un fugitivo de Egipto. Maldijo a éste y, airado, añadió:
‑¡Que se, vuelva al país de donde procede!
Uno de los servidores del jefe, que simpatizaba con el joven, se apresuró a avisarlo. El hijo del rey de Egipto se hallaba aún en la habitación de su amada y se disponía a cumplir la orden de Nahairana, pero la princesa no consintió que se ausentara. E incluso juró por los dioses, diciendo:
‑Juro por el mismo Ra Harhkhti, que si lo alejan de mí ya no volveré a comer ni beber cosa alguna, de modo que pereceré de ham­bre y de sed.
El mensajero se apresuró a comunicar a su padre el juramento que acababa de hacer la joven y en cuanto Nahairana hubo oído tal cosa, juró, a su vez, que haría matar al muchacho mientras continuara en su palacio.
Pero, sin duda alguna, la princesa debió adivinar los propósitos de su padre, porque hizo otro juramento, diciendo:
‑Por el gran dios Ra, en caso de que mi amado muera asesinado, juro que moriré yo, a mi vez, antes de que se ponga el sol. Y si me separan de él, no podré seguir viviendo.
Tales palabras fueron transmitidas también a su padre. Este comprendió la inutilidad de seguir oponiéndose al deseo de su hija y, por otra parte, se convenció igualmente de la conveniencia de cumplir su promesa. Por esta razón ordenó que los dos jóvenes se presentasen ante él y, en efecto, poco después lo hicieron. De momento, el príncipe de Egipto, sintió cierto temor, pero el jefe Nahairana le abrazó con el mayor afecto y cariño, diciéndole:
‑Conviene que ahora me digas quién eres, porque te considero ya como hijo mío.
‑Procedo de Egipto -contestó el principe‑. Soy hijo de un oficial de aquel país. Murió mi madre y mi padre se volvió a casar. En cuanto mi madrastra tuvo un hijo, empezó a odiarme, de manera que me vi obligado a huir para llevar una vida errante y con objeto de evitar los malos tratos de mí madrastra.
El jefe le concedió entonces a su hija por esposa. Dióle, además, una casa y esclavos así como tierras y ganado, y le hizo toda suerte de ricos presentes.
Transcurrió algún tiempo, durante el cual los nuevos esposos vivieron felizmente. Un día el príncipe comunicó a su esposa el destino a que estaba condenado y acabó diciéndole:
‑Ya ves, pues, que estoy condenado a uno de los tres modos de muerte que pueden acarrearme un perro, un cocodrilo o una serpiente.
La joven esposa se quedó anonadada y llena de temor al oír tal revelación. Permaneció unos instantes en silencio y luego, al fin, dijo:
‑Siendo así, lo primero que debemos hacer es dar muerte al perro que posees.
‑No puedo consentir tal cosa ‑contestó el príncipe­- porque ese perro me ha acompañado siempre, desde que apenas era más que un cachorrillo, y en todas ocasiones me ha demostrado un cariño y una fidelidad extremados.
Terminó por entonces aquella conversación. Pasó algún tiempo más y llegó un momento en que el príncipe de Egipto deseó volver a su patria. Comunicó este intento a su esposa, pero como ella temiese los peligros a que podía exponerse, trató de disuadirlo. Más, por último, en vista de que no lo conseguía, decidió complacerle y vigilar por la seguridad de su amado esposo.
Emprendieron, pues, el viaje a caballo y cierto día llegaron a una ciudad situada a orillas del Nilo. En la población vivía un hombre grande y poderoso, que había encadenado al cocodrilo que moraba en el río, con objeto de impedir que pudiese fugarse y causar daños entre los hombres. Y en cuanto el enorme saurio estuvo atado, aquel hombre poderoso se tranquilizó y, ya libre de cuidados, pudo salir a pasear por la comarca y entregarse al placer de la caza.
Todos los días, al salir el Sol, aquel hombre poderoso regresaba a su casa, después de haber efectuado una larga excursión y así continuó por espacio de dos meses.
Transcurrido este plazo llegó un día el príncipe de Egipto con su esposa y pidió hospitalidad en casa de aquel magnate, donde se la concedieron con la mayor amabilidad. Destinaron unas ricas habitaciones al príncipe y a su esposa, y como el propietario permanecía casi siempre ausente, apenas tuvieron ocasión de conocerle.
El joven matrimonio pasaba los diás entretenido en diversas ocupaciones y placeres, y en cuanto anochecía cenaba y se retiraba al dormitorio, para entregarse al descanso. El príncipe se dormía en cuanto apoyaba la cabeza en la almohada, pero su esposa, más vigilante y recelosa de los peligros que pudiese correr su marido, permanecía despierta y nunca olvidaba la precaución de llenar un cuenco de leche, dejándolo en el suelo, para el caso de que, cuando menos lo esperase, pudiera penetrar una serpiente en la estancia.
Pocos días después de su llegada a la rica mansión realizáronse los temores de la joven, porque un agujero que nadie había visto y que comunicaba con el exterior, penetró una serpiente, sin duda con el propósito de morder al dormido joven; pero, corno ya hemos dicho, su esposa se hallaba a su lado, despierta y vigilante. Esta circunstancia y la de encontrar a su alcance el cuenco de leche, movieron a la serpiente a dejar en paz al hombre, para deleitarse ingiriendo el líquido que tanto apetecía y que le embriagaba. Empezó, pues, a beber con tanto deleite que no dejó una sola gota de leche en el cuenco y poco después se quedó dormida e incapaz de hacer un solo movimiento.
Entonces la joven esposa creyó llegado el momento favorable, y tomando un puñal de su marido, se apresuró a dar muerte al ofidio.
El ruido que produjo con ello despertó al joven, quien, al darse cuenta de lo ocurrido, se quedó asombrado a más no poder.
‑Mira ‑le dijo su esposa‑. Los dioses han puesto en mis manos uno de los destinos que te amenazaban y ya ves cómo lo he destruído. Con toda seguridad podré hacer lo mismo con los otros dos.
El joven príncipe hizo entonces algunos sacrificios a sus dioses y en adelante no se olvidó nunca de cantar sus alabanzas.
Transcurrió algún tiempo más y cierto dio el joven atravesaba un campo seguido por su perro. El animal empezó a perseguir algunas piezas de caza y el príncipe iba tras del perro. Este se arrojó por último al río y su amo, sin pensarlo dos veces y sin pararse a considerar la imprudencia de su conducta, se sumergió también en la mansa corriente.
Mas apenas había dado algunos pasos para vadear el río, vió, de pronto, que un enorme cocodrilo se interponía entre él y la orilla. Abriendo la boca el saurio se apoderó del príncipe para llevarlo a lo más profundo de la corriente. Pero antes le dijo:
‑Mírame bien, porque soy tu destino, decretado ya por los dioses...
 (El pápiro está de tal manera mutilado al llegar a este pasaje de la historia, que, con toda probabilidad, no sabremos nunca lo que le ocurrió al príncipe. ¿Lo devoró al fin el cocodrilo? ¿O bien su fiel perro le obligó a aventurarse en otro peligro más grave todavía? El lector queda en libertad de terminar la historia a su gusto.)

034 Anónimo (egipto)

[1] Medida lineal de m. o m, 42 c/m.

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