Alguien dijo: "Los cuentos nos ayudan a enfrentarnos al mundo"

Era se una vez...

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sábado, 26 de mayo de 2012

Chang y sus ilustres amigos

Chang y sus ilustres amigos
Anónimo
(china)

Cuento

La amistad es un sentimiento tan an­tiguo como el mundo. Hace siglos vi­vían en China dos hombres, llamados Chang y Li respectivamente; eran ínti­mos amigos. Su amistad databa de an­tiguo, de la infancia. Al hacerse mayo­res, los azares de la vida separaron el curso de sus vidas y pasaron años en­teros sin verse.
Un buen día, la casualidad hizo que Chang y Li se encontraran otra vez. Había caído una gran nevada, y a cau­sa de ello ambos se vieron forzados a detenerse en el mismo pueblo. La ale­gría que les proporcionó aquel encuen­tro fue indescriptible. Los dos amigos no cesaban de comentarlo alegremente y de celebrar aquella feliz casualidad que de nuevo les había reunido.
Esperaron un buen rato a que se despejara el camino charlando alegre­mente en una posada; luego, viendo que ya había cesado de nevar, decidie­ron proseguir juntos su viaje.

Andaban alegremente y hablaban sin cesar de los tiempos pasados. De repente al doblar una esquina del ca­mino vieron acercarse hacia ellos a un alto dignatario ricamente ataviado y soberbiamente escoltado. El cortejo era verdaderamente de una deslum­brante brillantez.
Chang entonces, con aire de suficien­cia, tocó a su amigo en el brazo y le dijo:
-Li, amigo mío, mejor será que nos apartemos un poco de ese camino. Por ahí veo que viene un pariente mío muy querido. Siente por mí tal afecto y respeto que estoy seguro que en cuanto me viera descendería del lujoso palanquín para hacerme toda clase de reverencias, incluso es muy posible que se empeñara en prestarme parte de su escolta. Es mejor que no le causemos tantas molestias. Mantengámonos ale­jados de su camino, Li. Me parece lo más razonable.
-Verdaderamente, Chang, si el sa­ludarle tiene que causarle tantas mo­lestias y si además con ello retrasamos en algo su viaje, mejor será que nos mantengamos apartados de su camino, tal como tú sugieres.
El gran personaje pasé por delante de los hombres sin reparar en ellos. És­tos se habían apartado lo suficiente del camino para no poder ser reconocidos.
Li y Chang siguen caminando con el corazón alegre. Pocas cosas hay más agradables en el mundo que encontrar­se de repente con un viejo amigo con el que hace tiempo no se ha podido man­tener una larga y sabrosa conversación; ¡son tantas las cosas que hay que decir y tantas las que hay que escuchar!
Mirando a lo lejos diríase que se acerca alguien. Los dos amigos se po­nen a mirar atentamente y pronto pue­den distinguir claramente la gallarda silueta de un jinete montado sobre un espléndido caballo. El jinete va vesti­do de ricas y brillantes sedas y la mon­tura del corcel es francamente suntuo­sa. Al acercarse más se advierte que el jinete es muy joven. Su escolta queda bastante rezagada; es tal el brío del corcel que apenas pueden seguirle las demás cabalgaduras.
Chang tira de la manga del vestido de su amigo y en un aparte le dice:
-¿Sabes, Li? Este apuesto y elegan­te joven que -aquí viene montado en tan soberbio alazán es íntimo amigo de uno de mis hijos; mejor será que nos apartemos de nuevo del camino porque si me ve ya sé lo que va a ocurrir: ba­jará del caballo, se prosternará ante mí, me hará las diez mil reverencias y ya sabes como soy yo, un hombre sin ninguna vanidad, toda sencillez. Me molestaría verme en una situación se­mejante y además a él también le ha­ría retrasarse algo en su viaje segura­mente; mejor será que nos detenga­mos un momento y le dejemos pasar.
-Como tú quieras, amigo mío. Tú conoces mejor a tus amistades que yo. Si así crees que debe hacerse, así se hará.
Ambos amigos se apartan, pues, otra vez y dejan pasar al gallardo jine­te y a su séquito; luego tranquilamente prosiguen su camino en aquella fría mañana invernal.
Chang nota de pronto que Li le sa­cude fuertemente por la manga, mien­tras le dice muy excitado:
-Chang, amigo mío. Ahora el que te pide que nos apartemos del camino soy yo. Fíjate bien en aquel personaje que viene por ese mismo camino nues­tro, pero en dirección contraria ¿Lo ves o no lo ves?
-¿A quién te refieres, Li? No veo a nadie que viaje ni en palanquín ni en caballo.
-Ciertamente, amigo mío. No va en palanquín ni en caballo, por eso tal vez aún no lo has vislumbrado. La verdad es que sus ropas no relucen demasia­do. ¿No ves ahí, a un lado del sende­ro, a un miserable mendigo vestido de harapos?
-A ése sí que le veo.
-Bueno, pues has de saber que es pariente mío y mi mejor amigo. Tengo que apartarme de su camino si no quie­ro encontrarme en una difícil situa­ción.
Chang se ha quedado mirando a Li con los ojos desmesura-damente abier­tos:
-Mira, Li -le dice muy serio-, no comprendo de ningún modo como te puedes sentir tan satisfecho y encima jactarte de tener un pariente y un ami­go semejante.
-Pero, honorable Chang, ¿por qué te extrañas de que yo tenga semejante pariente y semejante amigo como tú dices si es lo único que has dejado para mí? ¿No te das cuenta de que to­das las altas personalidades del país las has acaparado tú antes?



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